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Monday 21 October 2019
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La ética de vender sin engañar

Detrás del estante está situada la pesa. A esa distancia cómo saber si el peso es el correcto.

La protección al consumidor ha vuelto a los medios cubanos de prensa mediante la intención del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), organismo rector de este particular, de conseguir efectividad en el cumplimiento de un propósito que debiera animar cualquier acto de venta.

Nuevamente el tema está servido, ahora con la Resolución no. 54 del 2018, que aprueba las indicaciones para la organización y ejecución de la protección al consumidor en el sistema de comercio interno, disposiciones incluyentes de la novedad de un documento explicativo de los derechos y deberes del consumidor, los que hasta ahora no eran recogidos en ningún reglamento empleado.

El texto de la norma esclarece, además, las obligaciones generales de los proveedores de productos y servicios, y exige la obligatoriedad de “efectuar un correcto pesaje o medición de los productos que se comercializan por peso, volumen o longitud con medios certificados por la autoridad competente…”.

Tales obviedades parecieran más de lo mismo. El respeto hacia quienes optan por la compra de servicios, de mercancías, por la realización de cualquier transacción comercial debiera ser regla, no excepción, porque vender sin pensar en el otro, deja de ser comercio para convertirse en la peor de las usuras.

La retransmisión por la televisión cubana de la serie Ochín viene también, junto con la función de entretener, a recordar pilares sobre los cuales se afincan los negocios o la idea de establecerlos. Junto con la intención de procurar ingresos, las inevitables ventajas económicas, la posibilidad de servir debiera entrañar un beneficio común, por la lógica de que el vendedor no existe sin el comprador.

Sin embargo, en término de comercio, de ventas, no siempre pudiera hablarse de juego limpio, un concepto deportivo perfectamente extendido a un área donde existente tantas víctimas como victimarias, en cualesquiera de los escenario de los que se trate.

No por gusto se ha generalizado la frase “te pasaron por la pesa”, en alusión al ya normal hecho de las pérdidas de onzas o libras de lo que se adquiera. Lo mismo en la bodega, que en la carnicería o, en lo que es peor, en las llamadas ferias agropecuarias,  casi “construidas” para que el engaño se consuma.

Si en un sitio las ganancias se sustentan en el timo, el robo, el engaño, es en el de la plaza XIV Festival, alternativa creada para el acceso de la familia matancera a productos diversos, a precios módicos, incluso algunos topados por el Consejo de la Administración Municipal de Matanzas, la óptima intención que termina secuestrada por no pocos mercaderes y por la propia Empresa Municipal de Comercio, que no ha creado condiciones efectivas para impedir se hurte a los consumidores.

Casi desde la propia apertura de este espacio en las cercanías del estadio de béisbol Victoria de Girón, surgieron anomalías sin solución como el hecho de que los concurrentes declaren mercancías a un precio y luego la oferten a otro, que suele ser el doble o el triple, sin que ello sea resuelto con un eficaz mecanismo de control que impida su repetición domingo tras domingo.

Al precio no oficial, un primer ardid, sumemos el ya mencionado, el de las pesas, algunas sin el sello que certifica estar aptas para ser utilizadas, o su ubicación distante de la vista humana, evitando así comprobar si el brazo marca las libras pedidas.

¿Quién o qué protege de ilegalidades como estas? Claro está que ninguna resolución por sí misma, ni los inspectores. Por cierto, bien pocos son los que asisten a la XIV Festival, quienes resolverían el complicado entuerto.

No habrá, y de eso no tengo dudas, mejor guardián de sus intereses que el propio consumidor. Una persona suficientemente informada de sus deberes y derechos, de reparar en la cartilla de precios, de exigir mercancías en buen estado y un personal que la provea de la información idónea, todos esos elementos que facilitan la percepción de estar satisfechos.

Y si algún vendedor tuviera dudas de cuánta ética se necesita para vender, basta asomarse a la frase de ser tratado y tratar a los demás como seres humanos, concepto esbozado por Fidel y que nuestros abuelos y padres tanto repiten: “No le hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan.”

Por lo pronto, la protección al consumidor seguirá siendo una frontera que cruzar, un muro por derrumbar, una ética que exigir, para que engaño y comercio dejen de ser aliados y se conviertan en enemigos irreconciliables, una pretensión en la que también organismos del Estado deben marcar el ejemplo con una relación calidad/precios que complazca, como la mejor de las garantías.

Ahí también va un desafío por cumplir, una ética de venta que satisfaga, proteja, preserve los derechos de la gente. Y para muestra de lo dicho, estas imágenes captadas en la plaza XIV Festival, sede de la feria agropecuaria de cada domingo en la ciudad de Matanzas.

  • Fotos de la autora

Suele suceder que se eroga más dinero que el valor real de la mercancía.

Los instrumentos de medición no siempre están aptos para garantizar pesajes justos.

Vender a 10.00 pesos el mazo de remolacha supuso una pérdida de tres a cuatro pesos en relación con su equivalente si se hubiese vendido por libras, como fue declarado.

Este documento evidencia que la remolacha se declaró a 3.35 pesos la libra y se expendió a un precio distinto del que aparece en la Declaración Jurada.




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