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Monday 21 October 2019
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Soñando el teatro desde las calles

Maestro de generaciones, renovador del teatro cubano y fructífero creador son solo algunos de los innumerables calificativos con los que se distingue.

Una amplísima trayectoria avala el prestigio alcanzado por el dramaturgo, director e investigador incansable de nuevos lenguajes para acercar el teatro a sus espectadores.

Graduado de actuación en la Academia de Arte Dramático de La Habana, Albio Paz Hernández hizo de su vida una escuela para ilustrar a los más jóvenes creadores del teatro cubano acerca de las últimas tendencias y movimientos dentro de las artes escénicas.

Un hombre que nació para desandar el mundo de las salas y las plazas, primero convertido en personajes y después en director o dramaturgo cuando sus fronteras buscaron límites superiores de creación.

Teatrista que marcó pautas estéticas y estableció paradigmas que revolucionaron el mundo escénico, desde sus primeras obras creadas en el macizo montañoso del Escambray hasta su incursión en el teatro callejero en Matanzas. Cuando se cumplen trece años de su desaparición física, el legado de Albio permanece arraigado en el hacer y en el vivir de los teatristas matanceros, del teatro cubano.

Desde el Escambray a las calles matanceras

Albio paz nació en un seno familiar humilde, mas su vida estaba predestinada a dedicarse al teatro. Comenzó a trabajar desde muy joven en la agricultura, la construcción, fábricas y comercios, pero el triunfo revolucionario constituyó para él la oportunidad de hacer realidad sus sueños.

En 1959 inicia su trayectoria teatral con las brigadas artísticas en el municipio Guanabacoa y matricula actuación en la Academia de Arte Dramático de La Habana. Para 1964 integra la Brigada Francisco Covarrubias e ingresa en la Escuela provincial de Arte Dramático para, posteriormente, alistarse como actor en el Conjunto Dramático Nacional.

El año 1968 marca una etapa importante en la vida de Albio. Ese año fue miembro de la primera representación de la agrupación en el extranjero y se convierte, además, en uno de los doce teatristas que encaminaron sus pasos hasta la serranía central de la Isla. Allí creó una formación teatral con el objetivo de llevar ese arte a lo más intrincado de las montañas.

En Teatro Escambray, grupo en el que permaneció hasta 1975, se enroló en constantes búsquedas y hallazgos que lo hacen abandonar la actuación y dedicarse a la dramaturgia y a la dirección. En esa etapa escribió La Vitrina, obra que aborda la imagen del campesinado desde su perspectiva y merecedora del premio al mejor texto cubano en el Panorama Nacional de Teatro, y El paraíso recobrado, obras que han permanecido como paradigmas de ese grupo.

Fiel a su vocación investigativa, su insaciable curiosidad teatral y a su inconformidad creativa, organizó experiencias comunitarias en la Sierra del Rosario y Moa. En 1980 obtuvo el Premio Casa de las Américas con Huelga, llevada a escena por el maestro Santiago García con el grupo Cubana de Acero, también fundado por él, merecedor de un gran reconocimiento por parte de la crítica y el público.

Una vida convertida en academia

A mediados de la década de los años 80 aires de buenaventura lo encaminan hacia la ciudad de Matanzas. El Mirón Cubano, antiguo Conjunto Dramático, lo recibió y comenzó a experimentar con él tiempo de éxitos y renovadas propuestas. 

La intensa investigación en el sector azucarero, que inicia junto a los miembros del colectivo, trae como resultado la obra El gato de Chinchila o La locura a caballo, con la que participan en el Festival Internacional de Berlín.

La actriz y directora de teatro Miriam Muñoz representa Las penas que a mí me matan, de Albio Paz.

Más de 20 montajes se suman desde entonces en el quehacer de quien hiciera del teatro su más grande afición. Frente al colectivo teatral matancero sobresalen Fragata, premio Covarrubias de la UNEAC; Las penas que a mí me matan, premio del Festival del Monólogo de La Habana; La extraña y anacrónica aventura de Don Quijote y otros sucesos dignos de saberse y representarse, premio Villanueva en 1994.

Producto del amor que desde inicios de su carrera le profesó al teatro popular se convirtió, hacia 1989, en precursor del teatro callejero, denotando un novedoso estilo dentro de esta modalidad en Cuba, el cual constituye, entre otros, uno de sus aportes más importantes al teatro matancero y nacional.

Actores consagrados matanceros se refieren a Albio Paz como un maestro de maestros. Seguramente les confió sacrificios, penas y alegrías, les inculcó la importancia de cumplir proyectos, de soñar el teatro con los pies puestos en la tierra.

Sin más les habló de su propia existencia: de un mundo donde todo es posible, donde luces, escenografía y tiempo se fusionan para hacer el milagro de la creación, donde las palabras y los gestos cobran una fuerza que llega a parecerse a la vida. Apuesto a que, simplemente, les habló de teatro.   




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