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Monday 14 October 2019
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Temporales de agua

Desde hace días llueve en el occidente cubano, fenómeno poco común en estos tiempos de sequía. La anomalía me hizo recordar mi infancia, allá en el Marey, caserío ubicado a nueve kilómetros al norte del pueblo de Aguacate, en La Habana, sitio donde nací.

En mi infancia se le llamaba temporales de agua. Prácticamente todos los años se pasaban días y días bajo intensas lluvias, que hacían intransitables los caminos. Los lugareños decían que los caminos estaban “desfondados”. Esa situación no era obstáculo para que las clases, en cualquiera de los niveles educacionales, se suspendieran. Tampoco  los trabajos. Son muchas las anécdotas que guardo de esa época, que en aquel momento eran comunes, pero ahora al ver el desenvolvimiento de la vida actual,  pienso que fueron heroicas.

El Marey, por estar al lado de la carretera que une a los pueblos de Caraballo y Aguacate, era un punto obligado para  las comunidades cercanas y distantes: El Rubio, El Comején, Viacrucis, Ponce y otras un poco más allá, cercanas al Valle de Elena y Concuní.

En el núcleo central de El Marey estaba la bodega; un salón de baile; uno de billar, con una sola mesa, donde me hice experto, con modestia incluida; piquera de autos de alquiler; taller de mecánica y otros. Facilidades que hacían concentrar gran número de personas necesitadas de muchos servicios. Allí escuché muchas vivencias que algún día contaré.

LAS CLASES Y LOS TEMPORALES

En mi casa se cambiaban de ropa dos maestras que iban de Matanzas para dar clases en escuelas rurales, distantes de donde las dejaba la guagua. Una se llamaba Virginia, una hermosa mulata achinada descendiente de japonés, y la otra, Yolanda, que falleció hace muy poco.

Recuerdo que a Virginia la venía recoger uno de sus alumnos, que se llama Raúl Almanza. Nunca maestra y alumno faltaron a la cronometrada cita, muchas de las veces bajo torrencial aguacero. Virginia le preguntaba a Raúl: ¿cómo están los caminos? y Raúl, que tenía problema de frenillos, le decía: “Ruular (regular) maestra”, ya la profesora sabía que el caballo se le iba atascar en los “desfondados” caminos. Pero las clases se daban.




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