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Friday 18 October 2019
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Gratitud

Suena la alarma. Abre los ojos y observa el reloj. Un rayo de sol se cuela por su ventana. Mira el calendario sobre la pared. Enciende la televisión y escucha el comentario sobre la fecha. Los años le han arrebatado la juventud, pero no aquella, su perenne ilusión de ser maestro. Esa nunca la perdió. Pasan las horas entre memorias.

La alegría y la nostalgia se entrecruzan y vienen a su mente los momentos en que apoyó la Campaña de Alfabetización, cuando fue a luchar a Angola y cuando, para su orgullo, Fidel estrechó su mano. Continúa en sus labores hogareñas y su visión se enfoca en la fotografía de la mesita de noche, donde se le ve junto a muchos rostros risueños. Su imaginación lo hace viajar hacia su segunda casa, donde pasó la mejor época de su vida: la escuela.

Recuerda los planes de clase, el borrador y el polvo de las tizas que tanto lo hacía toser, sus más poderosas armas para enfrentar a aquel ejército de muchachos que lo esperaba en las aulas con pueriles travesuras y ansias de aprender. Rememora cuando aclaraba dudas, cuando lo preferían por sus clases “rompe-tradiciones”, cuando entre letras, números y fórmulas los hacía instruirse, cuando reía con sus chistes y lloraba con sus problemas, cuando entre tantos, unos querían ser como él. ¡Qué tiempos aquellos!

Olvidarse de la forma en que llevó a esos “peques” a ser lo que son hoy, de cómo sus enseñanzas influían sobre sus alocados pensamientos o de la cercanía que sincero les mostraba cuando con verdades los hacía reflexionar, ¿cómo podría hacerlo? Para él es imposible.

Tocan el timbre. No escucha. Las remembranzas le han transportado a una dimensión diferente. Vuelven a tocar. El sonido lo trae de regreso. Deja de soñar despierto y se dispone a llegar a la puerta. Al abrir percibe una multitud. Arregla sus espejuelos ya desgastados. Eran sus alumnos, esos que con tanta dedicación educó, esos médicos, carpinteros, ingenieros, periodistas…, esos que siguieron sus lecciones, esos hijos, ¡sus hijos! Una lágrima recorre sus arrugadas mejillas. Se deshace con la sonrisa “de oreja a oreja” que le contagian sus discípulos quienes, con gratitud en el corazón, gritan a coro: ¡Felicidades, profe!




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