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Friday 18 October 2019
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El Che en la ventana

No sabemos bien cómo pero, por contar contando, en medio de algunas ilustraciones manga, un póster del Festival de Teatro, un poema y algún que otro adhesivo de Cubana, aparecen más de diez imágenes de Ernesto Guevara en ese espacio de vidrio de poco menos de dos metros cuadrados. Algunas tan pequeñas que habría que mirarlas con lupa; otras tan prominentes que, a veces, hasta sentimos que nos observan.

El sol de las mañanas fue la justificación perfecta para llenarla de afiches, revistas, pegatinas, periódicos… La inmensa ventana de cristal que tenemos en el cuarto de la beca es todo un mosaico.

Aunque está cubierta de forma accidentada y fortuita, sin seguir ningún canon de estética o norma básica de diseño, poco a poco, con los meses, nos hemos dado cuenta de que la ventana tiene su “cosa”.

Contrario a lo que pudiera esperarse de un cuarto de varones, no hemos pegado super autos de lujo o motos de carreras, ni tan siquiera mujeres sexys en bikini. Pero la ventana sigue desprendiendo algo.

A veces el cuarto se llena de gente. Nos ponemos a hablar –discutir, gritar– de cualquier cosa: política, arte, religión, machismo, feminismo, pelota, fútbol…, de la industria cultural y hasta de dialéctica. Y, de cuando en vez, hay que mirar hacia allí.

Y es que, lo que meses atrás comenzó como un objetivo frío y pragmático –tapar la ventana– en algún momento se convirtió en un acto de fe. Lo que primero fueron hojas de periódicos con letras perdidas, olvidadas, pronto pasó a ser el ir poniendo un pedazo de uno, porque cuando una habitación no tiene nada de uno mismo es un sitio de extraños, porque en un cuarto de extraños se puede dormir dos días, tres, cuatro, un semana y hasta un mes, pero mucho tiempo más…, no.

En medio de todo eso llegó y sigue estando el Che. Solo sabemos que sus estampas fueron las últimas en aparecer porque, por encima de ellas, no hemos puesto nada más .

***

Dicen los que saben, los que más tiempo llevan en esto del vivir, que un padre a ratos hace falta. Aquí, en  el cuarto de la beca, todos lo tenemos, pero lejos.

Más acá de la ventana, hay libros por todas partes y de cualquier cosa. Uno amarillo trae cartas de ciertos hombres que, en medio del combate y la distancia, supieron mandar-se ellos mismos a sus hijos, aunque solo por medio de un trozo de papel. Son cartas llenas de sentimiento, dolor, preocupaciones, consejos y sensibilidades con lo personal de cada uno.

Del Che aparece una. Leerla no es ni más ni menos que encontrar, a la mitad de la nada y en lo convulso de un siglo, a un padre que, aunque distante, supo colocar las palabras exactas.

Esta carta tiene algo que entristece; yace un espacio vacío donde debería estar la fecha…

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[   ]

Mis queridos Aliucha, Camilo, Celita y Tatico:

Les escribo desde muy lejos muy aprisa, de modo que no les voy a poder contar mis nuevas aventuras. Es una lástima porque están interesantes y Pepe el Caimán me ha presentado muchos amigos. Otra vez lo haré.

Ahora quería decirles que los quiero mucho y los recuerdo siempre, junto con mamá, aunque a los más chiquitos casi los conozco por fotografías porque eran muy pequeñines cuando me fui. Pronto yo me voy a sacar una foto para que me conozcan como estoy ahora, un poco más viejo y feo.

Esta carta va a llegar cuando Aliucha cumpla seis años, así que servirá para felicitarla y desearle que los cumpla muy feliz.

Aliucha, debes ser bastante estudiosa y ayudar a mamá en todo lo que puedas. Acuérdate que eres la mayor.

Tú, Camilo, debes decir menos malas palabras, en la escuela no se puede decirlas y hay que acostumbrarse a usarlas donde se pueda.

Celita, ayuda siempre a tu abuelita en las tareas de la casa y sigue siendo tan simpática como cuando nos despedimos ¿te acuerdas? A que no.

Tatico, tú crece y hazte hombre que después veremos qué se hace. Si hay imperialismo todavía, salimos a pelearlo, si eso se acaba, tú, Camilo y yo podemos irnos de vacaciones a la Luna.

Denle un beso de parte mía a los abuelos, a Myriam y a su cría, a Estela y Carmita y reciban un beso del tamaño de un elefante, de

Papá

***

A mí, por ejemplo, siempre me gustó pensar, imaginar, comparar, a mi padre con Martí, con Camilo, con el Che… A los años, uno se da cuenta de que son comparaciones injustas, pero siempre se te queda por dentro el cómo hubiese sido ser hijo de ellos. Estas cartas ayudan a subsanar esos vacíos.

Él está ahí, como doce veces repetido en la misma ventana. No nos regaña ni nos aplaude, no se ríe ni pone gesto de disgusto. Simplemente está ahí, te mira y analiza, como intentando que en cada criterio, cada palabra, exista responsabilidad, se sea consecuente. El Che nos escruta con la mirada. Nos cala.

***

Se acerca el Día de los Padres. Hay que clausurar el cuarto y dejar atrás la ventana. Hay varios Che que nos miran. Uno cierra la puerta suavemente, mirando hasta que desaparece la rendija, como el hijo agradecido que, antes de irse, dice felicidades y adiós.



Estudiante de Periodismo


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