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Tuesday 15 October 2019
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Para que los fantasmas vuelvan a reconocer sus espacios

A la memoria de Mirtha Martínez

Siempre he pensado que cuando los años pasen y la lucidez no me acompañe tendré fuerzas aún para evocar las primeras imágenes de mi infancia: las figuras de mis abuelas y mis hermanos, y cada piedra de mi ciudad: el parque donde corrí; la botica que me deslumbró; el colegio donde me abrí al conocimiento; la catedral y su místico mundo; los hoteles de mi barrio; y el mar, un apacible retazo azul. Sé que todo será así.

Será ese “viaje a la semilla” carpenteriano, la involución y el retroceso lógico, donde afloran los mejores recuerdos de la primera mitad de la vida. Escribir sobre Matanzas es un ensueño personal. Por eso me entusiasmó la idea de volver a aquella urbe del siglo XIX después de leer y releer decenas de páginas de su historia.

El pretexto es sabido: los 325 años de la “bella Yucayo” y la restauración del más que centenario hotel Louvre, enclavado en la barriada donde mi niñez creció.

Lo que pretendemos es rastrear la historia de uno de los hoteles emblemático de la Atenas cubana, que “paseó” el centro de la ciudad hasta asentarse donde hoy es sometido a una intervención, que incluye una restauración del antiguo inmueble y una ampliación hacia la Calle del Medio, ocupando espacios de otras edificaciones que con el tiempo han desaparecido.

1876: en Gelabert 6

No hay algo más absorbente para el cronista que revisar volúmenes de antiguos diarios. Es una verdadera joya el trabajo, que puede recabar días si uno no se restringe sólo a lo que busca.

Así encontramos la primera alusión al Louvre en 1876, como fonda y posada de Escalante y hermano. Por aquel entonces estaba en Gelabert (hoy Milanés) 6, a un costado del teatro Esteban (actual Sauto).

Los dueños del establecimiento ofrecían al público ostiones del Norte, peras, apios, buenos vinos, ropa vieja, bacalao a la vizcaína y otros manjares. Pregonaba que tenía excelente cocinero y que sus precios eran módicos. Miren qué modo tan sencillo de promocionar sus ofertas.

Por lo que se ve el nombre Louvre era muy gustado en aquella época, pues todo lo que venía de Francia era exquisito y refinado. En 1877 tres establecimientos yumurinos se llamaban igual: la Gran Fábrica de Sombreros situada en Ricla –hoy Independencia, aunque los matanceros sigamos llamándola Calle del Medio- 59; el “único depósito en Matanzas de tabacos, cigarros y paquetes de picadura de la fábrica La Legitimidad”, en la Plaza de Armas; y la fonda y posada de Escalante y hermano.

Las pesquisas, en ocasiones, dan frutos insospechados. A partir de 1879 aparecen clasificados del café, confitería y restaurante de Peña, Camp y compañía, El Louvre, nada más y nada menos que en Gelabert 41, en el mismo lugar donde hoy, 139 años después, funciona un establecimiento con igual nombre: la pizzería Louvre.

Con tal denominación funcionó también en 1881 el “antiguo depósito de hielo natural, de Agustín Fernández, en calle del Ayuntamiento esquina a Gelabert”.

1883: en Gelabert 56

En abril de 1883, luego de la mudanza al edificio de la Escuela municipal Superior de Varones, se traslada “a la espaciosa casa número 56 (de la propia Gelabert, lugar que hoy ocupa la Dirección Territorial de Etecsa), sitio el más céntrico y alegre de la capital, habiendo sufrido con esta ocasión, las mayores reformas que lo igualan en comodidad y lujo a los más reputados de La Habana. Ya contaba con un apartado de correos: el 223.

En otro anuncio de la época, pintoresco por demás, se hacía saber: “A los extranjeros y demás personas alojadas en esta casa que deseen visitar las renombradas cuevas de Bellamar, poético valle de Yumurí y preciosa meseta de Monserrat; se les facilitarán á precios arreglados, los carruajes y caballos á propósito para dichas exposiciones”.

1904: ya en Gelabert 47

En el Directorio de Matanzas de 1904 ya aparece mudado para “Constitución num. 47, frente a la Gran Plaza de la Libertad”, como “el único hotel de primera clase en esta Ciudad…” y en el que “se sirven comidas y banquetes”. Sus propietarios eran Juan Escalante Nate, Juan B. Escalante y Ángel B. Escalante.

Ocho años más tarde, en junio de 1912, era propiedad de la viuda de Juan Escalante y Co., según consta en una publicación de la época. Su número de teléfono era el 86, tenía garaje gratis para automóviles e intérpretes en francés e inglés y su administrador era Alfredo Arriaga.

El salón principal, que da a la calle.

Y miren cómo se anunciaba en una publicidad de aquellos tiempos: “… está situado en el punto más céntrico de la ciudad, Constitución 47, frente a la Plaza de la Libertad, Casinos, Palacios, Correos y Telégrafo; desde sus balcones se recrea el pasajero oyendo la música los días de retreta…”

Transcurridos 45 años, o sea, en 1957, su gerente era Antonio Palacio y el número telefónico, el 745.

1894, TB, ¿qué significan unas simples iniciales y una fecha?

Para el buen observador unas simples iniciales y una fecha pueden significar mucho. Es una pista más, otro detalle que no puede escapar.

Este local de Constitución número 47 perteneció como casa particular al capitán Antonio García-Oña, Gobernador de Matanzas de 1840 al 45, periodo en que parece haber sido construida la mansión. De acuerdo con su arquitectura es una construcción notable para la época, situada en un lugar privilegiado, frente a la segunda Plaza de Armas de la ciudad.

Se comenta que un túnel subterráneo une este edificio con el Palacio de Gobierno, muy cercano a él. Algo que es posible que el Gobernador construyera para uso personal. La finca o terreno era de Don Antonio desde época anterior a la promulgación de la Ley Hipotecaria.

Fallecido éste se le adjudica a su hijo Ricardo García-Oña Palleschi, quien la inscribe en 1884, pero la da como propiedad desde 1870.

El inmueble estuvo arrendado por Bernardino de la Torre, quien instaló en el lugar una sastrería, camisería y casa de artículos de fantasía La Gran Vía por los años 1888-1889.

En 1891 pasa al Estado por adjudicación, en pago de contribuciones, por expediente de apremio seguido contra Ricardo García-Oña. José, hermano de este, posee un crédito hipotecario de doce mil 441 pesos con 32 centavos y lo cede a Doña Teresa Cirarrusta y Bea, esposa de Tiburcio Bea y Urquijo.

Foto de Jessica Mesa, Radio 26.

Esta, a su vez, se lo traspasa a su cuñado, Pedro Bea y Urquijo. Ambas transacciones tienen lugar el mismo día: el 12 de diciembre de 1892.

En escritura del 8 de abril de 1893, en remate, el Estado adjudica la propiedad a Teresa, en presencia de José García-Oña, quien ratifica la cesión. Queda ella de propietaria y obligada a pagar a Pedro Bea y Urquijo –como primer hipotecario de dicha finca- la cantidad de 2 587 34 y medio pesos en oro de cuño español, en los meses de marzo y abril durante los años 1897, 98, 99 y 1900.

Fue consignada en el Registro de la Propiedad el 8 de octubre de 1894, año que mantenía el monograma conservado hasta la década del 80 del pasado siglo encima del espejo ubicado en el rellano de la escalera hacia las habitaciones. Las iniciales TB, del susodicho monograma, parecen corresponder a Don Tiburcio Bea y Urquijo, incorporado a la firma comercial Bea, Bellido y Co., fundada en Matanzas en 1884.

Todo eso esconden unas simples iniciales y una fecha: historia. Y aunque la pista quedaba hasta aquí aclarada, seguimos el hilo hasta 1957.

Don Tiburcio Bea y Urquijo falleció en San Sebastián, España, el 12 de septiembre de 1908 y por testamento quedan de herederos de la edificación Teresa Cirarrusta, su esposa, y Pedro y Tiburcio, hijos de ambos. Teresa cede sus derechos a favor de sus dos descendientes.

La hipoteca de Pedro Bea y Urquijo, que debía terminarse de pagar en 1900, no es cancelada, sin embargo, hasta el 11 de abril de 1917.

1967: restaurante, hotel y Coppelia

En 1962 El Louvre  es intervenido por el Gobierno Revolucionario. A fines de 1966 recibe una reparación ligera. El 14 de enero de 1967 comienza a funcionar en el salón que da a la calle una heladería de la línea Coppelia, pero además, en sus otros salones se sirven comidas.

Véase en primer plano dos de Las Cuatro Primaveras que hoy se encuentran en el parque posterior de Sauto.

Las Cuatro Primaveras, unas hermosas esculturas de mármol que adornaban el lobby, se trasladaron a los bajos del Palacio de Gobierno y posteriormente al parque posterior del teatro Sauto, donde hoy se pueden admirar.

“La especialidad de esta casa, al igual que el Rancho Luna, en La Habana, consiste en un menú compuesto por: arroz blanco, frijoles negros, pollo asado, ensaladas, vianda y una copa de crema, por solo cinco pesos el cubierto…”

Por aquel tiempo era del INIT (Instituto Nacional de la Industria Turística).

1985: Reabierto a la vida matancera

En 1980, por el deterioro que presentaba, se decide su cierre y se procede a su reconstrucción general. La noche del sábado 3 de agosto de 1985 reabre puertas a la vida matancera el hotel-restaurante El Louvre, en Milanés No. 28 820 –antes Gelabert o Constitución 47-, 81 años después de que Escalante lo asentara en el propio edificio.

El valor de la obra, según estimados, fue de 334 mil pesos en construcción civil y 200 mil en equipos, mobiliario y decoración. Contaba con 17 habitaciones, siete de ellas con aire acondicionado y dos amuebladas al estilo colonial.

Foto de Jessica Mesa, Radio 26.

Tenía tres restaurantes: el comedor principal, con diez mesas para 40 comensales; El Unicornio, con cinco mesas para 22 clientes; y un tercer salón para 32 personas, donde se servían comidas ligeras y coctelería solo a los huéspedes. Disponía también de un reservado y un bar.

Por aquel entonces exhibía valiosas obras de arte de afamados pintores. Tenía dos Gil García, un Domingo Ramos y un Gilberto Frómeta. De este último era El Unicornio, que se exponía en el salón de igual nombre.

Entre sus muebles destacaban juegos de perilla y un juego de cuarto de palisandro. Los elementos ornamentales y la cristalería eran de gran valor y la vajilla del protocolo era de porcelana francesa de Limoges.

Foto de Jessica Mesa, Radio 26.

El Louvre, más que un centro de servicios era un museo representativo de la cultura matancera de época, una imagen de la Atenas de Cuba de principios del siglo XX.

1998 y 2005: la lucha por mantenerse

Video tomado de TV Yumurí

En 1998 es necesario volver a repararlo y vuelve a abrir sus puertas al público, nuevamente, durante los últimos meses del año. En 2005 vuelve a cerrar y asume funciones de almacén y mercado. Como es de suponer, se pierden entonces muchos de sus mobiliarios e importantes obras de artes.

Video Tomado de TV Yumurí

2018: después de casi un siglo y medio

Dentro de ocho años se cumplirán 150 años de que los hermanos Escalante asentaran su fonda y posada en Matanzas. Otras decenas de negocios –abiertos antes o después- han dejado de existir y muchos, que en su época fueron de renombre, desafortunadamente, hasta han sido olvidados. Pero el hotel y restaurante El Louvre, aunque ha peregrinado por la misma calle siempre -Gelabert, Constitución y hoy Milanés-, todavía se levanta estoico en una batalla contra el tiempo.

Patio central. (Foto de Jessica Mesa, Radio 26)

Como apuntaba al principio, es sometido a una intervención que incluye una restauración del antiguo inmueble y una ampliación hacia la Calle del Medio (al fondo), ocupando espacios de otras edificaciones que con el tiempo han desaparecido: como el Club 66, la bodega El Águila y un banco, que también funcionó como correo.

Las ruinas de la bodega El Águila, el Club 66 y el correo, espacio que ahora se adicionará a la instalación hotelera. (Foto de José Miguel Solís, Radio Rebelde)

El inmueble pasará a integrar los hoteles de la cadena Encanto, con categoría de cuatro estrellas y dispondrá de 42 habitaciones. Fuerzas conjuntas de EMPRESTUR Varadero y la Empresa de Proyectos de Arquitectura e Ingeniería de Matanzas (EMPAI) tienen a su cargo el proyecto y la ejecución de la obra.

Foto de Jessica Mesa, Radio 26.

Matanzas se afana por devolverle a sus hijos su esplendor. Poco a poco, lentamente, de las ruinas renacen los viejos fulgores, aquellos que la hicieron merecer un día, junto al brillo de su cultura, el hermoso sobrenombre de Atenas de Cuba, mi bella Yucayo. El Louvre forma parte de esa deuda que comienza a ser saldada.

Foto: Jessica Mesa, Radio 26.

Epílogo necesario

En 1985 apareció en el desaparecido suplemento cultural Yumurí, del periódico Girón, la mayor parte de este texto que hoy retomo con añadidos imprescindibles, diferente título y, por supuesto, agregados de los últimos años. Creí oportuno presentar al mundo la historia de uno de los hoteles emblemáticos de una ciudad tan patrimonial como Matanzas. Y mostrar además, lo que puede hacerse para salvar ese patrimonio cuando autoridades y población coinciden en sus deseos.

La mayoría de las fotos, claro está, son actuales.

En el verano del 85 y gracias al auxilio de esa excelente investigadora que fue Mirtha Martínez, especialista del departamento de Fondos Raros y Valiosos de la biblioteca Gener y Del Monte, de Matanzas, consulté numerosas publicaciones que alimentaron la historia.

La lista la integraron el Directorio General de 1883 y 1884; el Directorio de Matanzas de 1888, 1889, 1902, 1903 y 1904; la Aurora del Yumurí; Españoles en Cuba (1953); Diario de Matanzas; la revista Juventud, del 8 de junio de 1912; el magazine La Lucha; el Álbum de Matanzas; el Directorio de la provincia de Matanzas Industrial, Comercial y Profesional (1957); el Registro de la Propiedad y el periódico Girón, de marzo de 1967.

Espero que estas líneas sirvan para desempolvar parte de las fábulas que resguardan las piedras de esta maravilla que se hace llamar Matanzas, para redescubrirla y para demostrarle a los fantasmas que la habitan que volverán a reconocer sus espacios, aquellos que un día la ignorancia del hombre dejó perder.




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