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Friday 18 October 2019
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Golpe en «mojado»

Todo empezó hace exactamente un mes. El viaje por carretera recibió el matiz de aquella agua perpetua, a veces tan delgada como el “chinchín” de cualquier nube de paso.

El fin de semana no tuvo sol. La humedad penetraba por las fosas nasales y dificultaba el básico ejercicio de la respiración. Inocentes, ilusos, ciegos, nos quejábamos del sugerente olor de los zapatos mojados y de andar con la piel de los pies llena de arrugas.

A la vuelta, la Autopista Nacional resultó el muestrario del desastre. Cuando miraba a cualquiera de los costados, el escenario enviaba un golpe «en mojado» al rostro. Plantaciones arrasadas; casas, bohíos, potreros… bajo un torrente que antes no estaba ahí; animales desorientados.

Desempañaba el cristal para ver lo increíble; conocer, aunque fuera así, de pasada, qué ocurría con el pedazo de Cuba que no tenía tiempo de quejarse por goteras o calzados húmedos, el trozo de país al cual el agua no tocó la puerta antes de –intrusa– ocuparle el hogar.

Hoy, semanas después

Los guajiros pronuncian «tormenta subtropical» muy despacio y esbozando leves muecas; parecen no acabar de identificarse con el tecnicismo. Para los hombres y mujeres de campo, aquello fue un temporal; uno grande. Las inundaciones: crecidas, llenantes.

Encuentran paralelismo en el ciclón Lily y las lluvias del 68. Sin embargo, el criterio surge unánime: el agua nunca había crecido hasta donde creció ni acabado con tanto.
***
Por su lado, la Ciénaga de Zapata, a un mes de Alberto, yace desbordada. Los cardúmenes de tilapias y los solitarios pezgatos pasean entre las casas. Algunas están en sitios tan bajos que los pejes entran, salen…

Aunque el nivel descendió, hay gente que continúa evacuada o prestada en la casa de amigos, familia. Las personas te ven fotografiando charcos en medio de la calle y llaman la atención; «vamos a mi casa para que veas», susurran.

Todavía, en este lugar al sur, se viaja en bote por ciertos caminos donde siempre rodaron bicicletas y el nuevo río, que ahora no tiene margen definida, continúa dejando marcas en las paredes de palma y reventando los pisos de estuque y cemento pulido. La gente perdió mucho y sigue en eso.

En Cayo Ramona, la cosa –varios afirman– anda al revés. Los perros caminan de patio en patio con el agua al pecho mientras un rebaño de chivos, que siempre vivió en –y del– manglar, va de malvada pandilla destruyendo los jardines que quedaron. No son pocos los optimistas en espera de bestias perdidas ni los animales errantes, sin dueño.

A los niños, por su parte, nadie los vence. Después de la escuela, sustituyen los juguetes –que ahora flotan quien sabe dónde– por alguna lagartija desventurada que no logró escapar o matan el tiempo atrapando peleadores y chapoteando en la dichosa agua que tampoco encuentra forma de irse.
***
Algunos, ahora con los zapatos secos, la vivienda intacta y el catarro del “chinchín” superado, arrastramos el síndrome del «aldeano vanidoso» e ignoramos que, solo un poco más allá de la vista, la pelea continúa. Triste realidad que se asume al comprobar que todo empezó hace exactamente un mes y, para muchos –yo los conozco–, todavía no escampa.



Estudiante de Periodismo


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