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Wednesday 23 October 2019
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La cueva de las voces

Entrar a la cueva regala sensaciones muy parecidas a las de adentrarse, de a poco, en una playa. El cambio de temperatura te recibe hasta que, al fin, atrapa al cuerpo todo.

Escaleras abajo varios dejan constancia de preocupaciones e incertidumbres. “Tengo miedo de entrar. Es que se escuchan tantas cosas”, explica una señora al marido.

“Hay que ver, porque si pasa algo, en el grupo siempre el primero que se jode es el…”, argumenta, dicharachero, uno de treinta y oscuras pieles.

En las Cuevas de Bellamar resuenan voces, inspiraciones, chasquidos.

“Dicen que aquí está la fuente de la juventud.”

“¿Quién te dijo eso? La “vieja” mía visitó esto en el 82 y mira cómo está”, debaten dos por ahí.

“Seguimos avanzando”, insiste el guía, luego de recordar que caminamos el centro turístico más antiguo de Cuba –hace pausa– aún en explotación –destaca sin dejar de ejercer cierto énfasis sobre la palabra “aún”.

“Candela ser espeleólogo; meterse en esta cueva a oscuras que es una boca de lobo”, arrullan desde la multitud.

“Qué lindo”, deja ir una mujer con tono de dulzura; su hijo, de no más de seis años, hala por la vena del gusto y pregunta: “¿te gusta, mamá?”

El viento cambia. “Este aire acondicionado está mejorando”.

“¡Qué rico el aire! ¿Verdad?”

“Oye, tírate la selfie ahí”, aconsejan ante cualquier piedra rara.

Aparecen tres charcos; el guía los identifica como fuentes. La de la juventud, la del amor, la del divorcio. Nadie quiere ser viejo, todos desean amar y en la otra fuente –pobre marginada– pocos osan mojar sus manos.

Pasos más adelante: “¡Amor…, juventud…! ¡Ay, caballero! Ahora voy a demorarme más en madurar!”, deja ir un joven flaco y alto.

El guía detiene por instantes la marcha.

“¿Es la más grande de América?”, le preguntan. “No. No es ni siquiera la más grande de Matanzas”, responde.

“¿Y en Matanzas las hay más grandes?”, vuelven a arremeter. “Sí, pero no tan bonitas.”

Sigue la marcha.

“Ño…, mira esa talla, tú.”

La cueva tiene toda clase de moradores; entre el carbonato de calcio y el magnesio, pueden verse niños, budas, elefantes, mariposas, hadas… Pero, de todos los que viven allí abajo, da fe el guía, solo las cucarachas pueden moverse. “¡Mira pa´ eso!”

“Por lo menos me llevo el buen recuerdo de Matanzas, porque todavía tengo fresca la “entrá” de palo que nos dieron en el softbol de la prensa”, murmura un pinareño.

“Papá, tírame una foto”, suplica cierto niño.

“Ño, asere. No hay luz ahí”, expresa quien intenta capturar la instantánea de algún detalle en la caverna.

Aparece el punto de giro, el regreso y la muchedumbre  acelera la caminata. La fila distiende sus extremos.

De repente, uno se descubre solo. La sombra, el silencio, tus propios pasos. La presión de un chorro de agua, el fanguillo. La gota que a fuerza de casualidades te moja la gorra o el brazo o la libreta. Los de adelante que ya no están. Los de atrás, que por fin llegan.

Las escaleras hacia arriba dan miedo. Parece mentira lo fácil que resultó bajarlas. “Ahora es que las `paticas´ empiezan a doler, y a faltar el aire”, le escucho a un cincuentón.

El pecho comienza a pesar. Hay que ponerle voluntad al asunto. Salir de la caverna es como emerger de un río. El cuerpo empapado, la aventura, el vapor…

Y la pregunta retumbante de si, aún sin gente adentro, en la cueva se escucharán las voces.



Estudiante de Periodismo


One thought on “La cueva de las voces

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