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Wednesday 16 October 2019
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Cuatro rostros de mujer

El concierto de la Camerata HabAnaMartin regala magia en la Sala de Conciertos José White

¿Qué guardará en los ojos aquella mujer mientras canta?

Esos ojos que van a encontrarse en el lugar más perdido y deshabitado de esta sala. Allá donde el insuficiente público no cubre, en el sitio de la pared que no guarda siquiera un cuadro, un espejo.

Lo han dicho muchas veces: la felicidad se escurre por los ojos de quien hace –vive de y para– lo que ama.

Ella señala arriba con la mano derecha, acto seguido abre los brazos, aprieta el ceño, luego lo estira, pone inmensos los ojos y los “achina” más tarde. Parece que toda clase de sensaciones luchan para salir por una misma parte de su cuerpo.

Estoy casi seguro…, algo –de seguro que nada del otro mundo, pero algo– hay en los ojos de esa mujer antes y después de cantar.
***
Descubrí a la muchacha del chelo por andar –yo– mirando hacia el suelo. Allí, entre las losas, encontré su reflejo atildado por la cálida iluminación de la sala de conciertos.

A veces toca, a veces no. Debe depender del tema. Con el índice derecho ajusta los espejuelos y –desde las losas puedo verla– aguarda tranquila, fina como cualquier dama de cuerdas, su hora.
***
El concierto de la Camerata HabAnaMartin regala magia en la Sala de Conciertos José White.

Nada de lo que hace la maestra resulta fortuito. Dedica cada pieza, melodía o tecla que hunde con los dedos en el piano. Parece cosa de gente llena de detalles, de la que anda por ahí acostumbrada a decir gracias.

Se me antoja verla como una de esas niñas que, dichosas y atrevidas, no dejan ir la ternura una vez la tienen entre las manos.

Jamás desdibuja la sonrisa. La maestra vuela mientras toca. Se levanta, nos cuenta alguna felicidad de su vida, anuncia el siguiente número, toma asiento y –entre risas– sigue tocando.

“Yo me inspiro en las cosas cotidianas que suceden en la vida (…) Todo lo que recibo lo convierto en música.” Y para mí, que poco o nada sé del asunto, aquello suena a talento.
***
Por la hora en que ha entrado, ella debió ser la última en enterarse. 70 y tantos, intranquila en el asiento, algo torpe para llegar a él. Desde que encontró la silla no ha dejado de marcar el compás. Con la cabeza, luego con su pie derecho, ahora encarna el ritmo su cuerpo todo.

Quizás poco conozca de quienes tocan o de lo que escucha. Pero, por lo menos –y eso para un artista ya es bastante–, se ve que le gusta. Parece haber llegado hasta este rincón, apartado de toda locura contemporánea, para relajarse al menos durante el tiempo que dure, el poco que resta.

Tal vez –por qué no– resulta una experta de filosa crítica. No importa. Incluso así –estoy a su lado, lo sé– disfruta lo que escucha.



Estudiante de Periodismo


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