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Wednesday 16 October 2019
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Con la mano, brother

Allí estábamos, vestidos de verde, empapados de sudor y demasiado sucios de tierra removida, igual que matorrales después de una tormenta.

Los uniformes parecían diseñados por alguien con un sentido especial de la ironía, en eso todos estábamos de acuerdo, porque lograban hacerte sentir más frío en invierno y en verano subían la temperatura para asarte lentamente.

De todas partes llegaban como balas las órdenes impartidas por oficiales y sargentos, con voces graves o atipladas, que casi invariablemente regían cada momento de nuestra cotidianidad en la previa del Servicio Militar Activo.

Aquella jornada había sido especialmente entretenida. Con una sola carga al machete habíamos dejado lisa como nalga de bebé una loma antes cubierta de matorral. Al final de la mañana los brazos pesaban como si fueran algo ajeno al cuerpo, herramientas inútiles que ya no servían para nada. Así cubiertos de churre como segunda piel nos recogió la “aspirina” para llevarnos de vuelta a la unidad militar, sí, porque Cuba tiene el honor de contar con las únicas aspirinas que lejos de calmar el dolor de cabeza lo provocan: esos ómnibus compactos, tan incómodos como salvadores donde cabe un número de personas aún por determinar.

La “aspirina” sobre ruedas pasó cerca de una parada donde se impacientaba al sol un bello enjambre de muchachas, estudiantes universitarias para colmo.

Ante la visión de las ninfas la reacción fue unánime y coordinada: los novatos, que en el polígono no lograban todavía marchar en formación, reaccionaron esta vez instintivamente como un solo hombre, se tiraron al piso de la “aspirina” para evitar a las hembras perfumadas aquella visión de galanes mal rapados desde las ventanillas, con la ropa verde de faena blanqueada por vetas de sal.

Al llegar tocó el turno al descanso en que la tropa fumaba Criollos, Titanes o Popular, soñaba despierta, se quejaba del calor, alardeaba de amores reales o ficticios, salivaba al describir la comida casera con su sazón como no la había igual en el mundo, discutía sobre pelota y política, cuestionaba la importancia de marchar bonito y parejo, descubría nuevas ampollas al quitarse las botas, aprendía a valorar el mundo suave del hogar desde una brevísima distancia.

El agua era entonces el más preciado de los bienes, por escasa. A todos, inmaduros soldaditos en tiempos de paz, nos chocó saber que no habría ni una gota del líquido vital para lavar aquellas manos, todas del mismo color oscuro, igualadas por el trabajo, antes de atacar el preciado alimento.

Era el aroma inconfundible la mejor carta de presentación para la carne de puerco cortada en trozos cúbicos, perfectos, que se insinuaba en toda su culinaria sensualidad mientras esperaba sobre las bandejas de aluminio, resaltada por el blanco sin mácula del arroz que absorbía poco a poco la grasa perfumada.

Para todos, excepto uno, sonó bien clara la orden de ¡Fuegoooooo!, y le entramos al banquete con el frenesí de una manada de lobos esteparios. El único que no mordió el anzuelo fue un muchacho de piel casi transparente y con cara de pesar fue a sentarse justo frente a un negro con porte de campeón africano que devoraba su ración de cerdo sin miramientos.

El blanquito parecía el mismo Tántalo, personaje mitológico eternamente condenado al hambre y la sed en el infierno, porque el alimento y el agua se le escabullían siempre que intentaba darles alcance.

Se acomodó en el banco de cemento, luchó con sus modales impecables que obligaban a sentarse limpio a la mesa, mientras su mirada alternaba entre sus manos enfangadas, el coro de masticadores y aquel trozo de carne que, aunque suyo, parecía lejos de su alcance.

 “¿Y ahora cómo yo me como esto?” , la pregunta le salió natural al muchacho pálido, a “bocajarro” como un suspiro involuntario y tuvo poco efecto en los demás, pero el campeón de ébano lo miraba desde hacía rato aguardando su momento y no dejó pasar aquella oportunidad de oro.

“Con la mano, brother”, sentenció tajante el titán oscuro que lucía en su rostro brillante una sonrisa con filo y trozos de carne a medio comer, mientras aferraba con las manoplas descomunales y cubiertas de tierra “colorá” el hueso del pobre puerco que mordía como perro de presa, desafiante, feliz.

Las risas no se hicieron esperar y de aquel pasaje quedó en el imaginario colectivo de quienes lo vivieron la frase “Con la mano, brother” como un hechizo viril contra la flojera, una cubanísima lección de vida para seguir adelante aún con viento en contra.




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