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Friday 18 October 2019
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Leer en el baño

Tal vez empapado y seguramente feliz el griego Arquímedes gritó para la Historia “¡Eureka!” -algo así como “lo encontré”– cuando en el baño descubrió la ley del peso específico de los cuerpos.

Consciente de que las buenas ideas y las necesidades fisiológicas no son exclusivas de los sabios, mucha gente común prefiere el baño, ese espacio tan íntimo donde se puede ser siempre uno mismo, para meditar sobre problemas cotidianos, planificar la agenda e incluso disfrutar a plenitud de la lectura.

Aunque igual de numerosos que los “cantantes de ducha”, los “lectores de baño” permanecen en un injusto anonimato.

Unos consumen alta o baja literatura, otros se informan con la prensa, algunos se interesan por las etiquetas de los productos de aseo, releen mensajes en el móvil, se informan sobre normas jurídicas, examinan documentación laboral o repasan el contenido horas antes de un examen.

Personas cercanas me aseguran que en el baño aprenden todos los días, pues solo allí tienen tiempo de leer a gusto periódicos, revistas, lo que sea, por ese motivo se toman más tiempo del estrictamente necesario para cumplir con los mandatos del cuerpo.

Aunque abundan campañas en favor de la lectura, en todas brilla por su ausencia el baño, y es una pena, porque en él se tienen las ventajas adicionales de poder estar con el pelo revuelto, la cara sin lavar, poca o ninguna ropa.

Quienes leen en el baño forman, acaso sin saberlo, una comunidad diversa, universal, discreta, donde no importa tanto el glamour, aunque sus miembros ni tan siquiera se reconozcan como tales y no hablen del asunto públicamente.

Pero hay más: no es un secreto que también están los que, gracias a la tecnología, aprovechan al máximo sus estancias más o menos breves en el servicio sanitario para escuchar música, ver películas o series de tv e incluso encuentran la inspiración para escribir.

“Leer en el retrete” fue el título elegido por el escritor norteamericano Henry Miller para su ensayo en el cual arremetió contra esa práctica: “Almanaques, revistas ilustradas, historias de detectives, thrillers, meros flecos de la literatura, eso es lo que la gente se lleva al cuarto de baño para leer”.

Más de una publicación ha dedicado alguna que otra línea a la cuestión de los llamados toilet books (libros para el baño), esos textos de divulgación científica más bien ligera, o escritos para suavizar en tono cómico un contenido duro, obras cortas o en fragmentos para leer de una sentada, literalmente.

Algunos médicos no lo recomiendan por aquello de permanecer demasiado tiempo sentado, pero a los “lectores de baño” no les importa: ellos se las arreglan para tener a mano su texto favorito que permita matar el aburrimiento en el servicio sanitario y, por qué no, cultivarse en el proceso.

Hay de todo: el autor japonés Koji Suzuki se sacó de la manga en 2009 la novela Drop (lágrima), un thriller donde todo ocurre en un baño público, diseñado para leerlo capítulo a capítulo y ¡usarlo! en el inodoro.

Para unos es cultura, para otros un tabú, pero al final quienes leen en el baño, aunque no lo digan, son multitud, tal vez por aquello de “dos placeres son mejores que uno”.




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