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Thursday 12 December 2019
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De espuma y arena

Llegar a Varadero se parece a sumergirte en una postal turística en alta definición: apenas 22 kilómetros de un paraíso imponente con su mar azul turquesa como una invitación irrechazable a olvidar los problemas, las urgencias y darse el gustazo de quedarse aquí hasta que la muerte -o el cambio climático- nos separe.

El paisaje te mima, te emborracha, se mete en tus poros y remplaza el cansancio por otra cosa, algo más fundamental y puro, que añorarás al volver a la rutina de la vida real y te hará regresar la próxima vez por otra dosis aún mayor de todo esto.

Poco importa si tu cuerpo parece imaginado por Miguel Ángel, Dalí o Botero, igual lo exhibes como una obra de arte porque estás en la playa perfecta, donde desaparece todo lo demás hasta que solo importa dejarse abrazar por el agua, el sol, la arena…

Da igual que en el mar superes en destreza a los mismísimos peces o solo seas capaz de flotar a pocos metros de la orilla como un trozo de madera a la deriva -es mi caso-; estar aquí y ahora es un regalo, algo para revivir después mientras se cuenta.

Aire con sabor salado, duna blanca, calor en la piel, graznidos de gaviota, música, risas, sensación de ingravidez del cuerpo en un vaivén azul, hojas de uva caleta, velas de colores en el horizonte, chapoteos, el anuncio de un afortunado encuentro: -“¡Delfines!”.

Hay mucha ciencia detrás de la conservación de esta imagen idílica para mantener cada píxel en su justo sitio, pero pocos entre la multitud de bañistas reparan en ello mientras recargan pilas en la Península de Hicacos, repletos de salitre y optimismo.

El verano todavía no termina y está bien por un rato dejarte llevar, tirar tu cable a tierra, acaso repetir como Pedro Luis Ferrer: “olvidemos un poco lo que nos desespera, que se convierta el mundo en espuma y arena”.

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