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Friday 18 October 2019
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Estampas de malecón

A la bahía, como quien guarda para sí toda la calma del mundo, va entrando un barco. Tres igual de grandes lo esperan en puerto.

Dos avecillas sobrevuelan la superficie del mar sin alcanzar una altura superior a la mano abierta de cualquier hombre.

Una señora, acostada en el muro, se incorpora lentamente, toma su bicicleta y sale a suave pedal.

Merodean dos muchachos. Uno lleva atarraya y el otro la cubeta donde los peces escogidos por el infortunio lo acaban perdiendo todo.

Un tipo grotesco pasa manejando una bicicleta destartalada. En la parte de atrás va sentada una flaca de pelo rubio y largo.

A lo lejos, un señor moreno, de gorra y pulóver rojos, se acomoda entre las piedras y lanza su anzuelo al mar. Luego adopta filosófica postura mientras sostiene el cordel. Ahora recoge sin traer nada que pueda verse a más –tal vez menos– de cien metros de distancia.

La sombrilla de tonos azulados guarece a dos del resplandor de la tarde. Él con el brazo sobre sus hombros y la otra mano sosteniendo el paraguas. Ella tranquila, camina, sonríe y conversa.

Una familia de ocho aparece y toma asiento. Los cinco niños andan en lo suyo: gritos de baja gama, cosquillas, risas, carreras… Los grandes hablan cosas de grandes y atienden, con la mirada, que las crías no se metan en líos. El grupo se divide y lo último que llega a escucharse es un “te quiero, pipo”.

Los autos parecen una fila de hormigas locas. Van para allá o acullá por el mismo sendero, siempre con un presunto “algo” que hacer y un lugar adonde ir. Los carros suenan a monotonía, a movimiento rectilíneo uniforme, a zapato dormido, inamovible, sobre un pedal de aceleración.

La piel de la bahía, ligeramente estrujada, regala evidencia de que, al menos, algo de viento corre por aquí. Esta es una tarde apacible, con sol ligero y en picada. Cielo apenado, azul opaco, y nubes grisáceas, altas, que se marchan sin mirar atrás.

Las orillas se ven cubiertas de oro. Encandilan, deslumbran. Y a contra luz algún señor –otro– pesca junto al dorado rompiente.

De dos en dos pasan jóvenes caminando que de seguro se despidieron en casa prometiendo ir a correr. Ellos también utilizan el muro para descansar. En sus rostros puede verse la picardía del chisme que brota o cierta travesura –tal vez– recién engendrada. Realizan ejercicios abdominales. Cada pocas frecuencias sueltan sendas carcajadas.

El valle observa tras sus dos brazos cruzados. El valle espía a la ciudad desde su trinchera.

Los puentes toman prestado el sol; brillan también.

– ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a tirarte una foto? –pregunta a gritos una niña.

– Acércate más –la invita otro.

– Ponte ahí de nuevo, Gabriel, para tirártela bien. ¡Ponte! ¡Ponte! – exhorta una mamá con el teléfono celular en disposición de captura.

– Ahora yo –dice ella de nuevo tras apretar el obturador digital.

“El pirata de bronce ¿es de bronce, no? Eso parece”, posa también para la instantánea.

***
Levantas la cabeza. Ya son cuatro los barcos que, aparentemente, reposan en puerto. La tarde, también en presunta tranquilidad, resulta par de horas menos joven.

En Matanzas el domingo se esfuma tan sereno que hasta los más insensibles y apurados tienen que frenar su paso, mirar al mar, respirar…

Segundos, minutos, quizás horas después, cuando en definitiva el bien está hecho, todos continúan su camino.



Estudiante de Periodismo


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