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Friday 18 October 2019
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“¿Y qué más hace?”

Me hice el harakiri y lo compré. Por esa vez en mi conciencia el “lo quiero” le ganó al “lo necesito”. Me lo vendió un tipo con cara de villano cuentapropista después de un brevísimo regateo a mi favor.

Aún así el precio me pareció alto para un ereader -dispositivo electrónico que permite leer libros en formato digital o ebooks- modelo Kobo Aura H2O de uso, pero puse por delante mis ahorros y me fui a casa contento como un Harry Potter a punto de estrenar su nueva escoba Nimbus 2000.

Completamente negro, liviano, con un diseño de líneas y texturas al borde de la sensualidad, aparente buena salud de la batería, sencillo de usar y resistente al agua, el juguetico trajo alivio a mis ojos miopes después de demasiadas, y poco saludables, lecturas en el teléfono móvil.

Resistí las miradas de reproche de mi anciana tía, yo podía percibir que en su mente calculaba cuánta comida podría haberse comprado con aquel “barito” juntado con esfuerzo, pero todo quedó ahí, a la manera de una guerra fría, porque no dijo ni “ay”.

Hubo luna de miel con lecturas hasta la madrugada, en solitario o en pareja, lo mismo a pleno sol que en la penumbra; a veces sacaba de su estuche el equipito solo para admirar el diseño minimalista, tan contemporáneo y me felicitaba a mí mismo por mi buena fortuna.

Se acabó lo de depender del libro impreso, aunque reconozco su encanto; luego supe que en parte se debe a que el cerebro lo prefiere, pues percibe el texto como un paisaje físico, una especie de topografía, sin contar el aroma evocador del papel.

Los amigos me felicitaron por la adquisición -yo me sentía como un padre orgulloso de su primogénito o el dueño de un auto deportivo de último modelo- , según nuestra vieja costumbre nos recomendamos libros y comentamos las lecturas más recientes de cada uno.

La felicidad fue eterna hasta que terminó: luego de medio año de convivencia “color de rosa” el costoso “tareco” comenzó a mostrar cambios de humor repentinos, síntomas de su verdadera personalidad.

No encendía, se tardaba en hacerlo o se apagaba. Tenía días en que funcionaba “al quilo” solo para engañarme y luego estar una semana casi “en coma” sin hacer caso a ruegos ni amenazas.

Hasta el día de hoy parece tener sus preferencias literarias, porque reproduce algunos textos y otros no, con independencia del formato, se enciende o apaga cuando gusta, ante cualquier insinuación de tirarlo a la basura parece revivir de sus cenizas como el ave fénix y nada de apurarlo: tiene su propio ritmo.

Aunque al final tuve que aprender a poner al mal tiempo buena cara, a veces la frustración me sobrepasa:

-¿Qué es eso? ¿Un tablet?

-Un ereader: sirve para leer libros en formato digital.

-Ahhh. Mmmmm…..¿y qué más hace?

-¡¡¡¿Pero te parece poco?!!!




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