Search
Friday 18 October 2019
  • :
  • :

Donde el cine se perdió

Yo nací en una ciudad donde el cine se perdió. Unos culpan de los “platos rotos” a la economía, nuestra villana favorita, y no les falta razón.

A la ciudad de Matanzas, a la Atenas de Cuba, se le escapa hoy esa magia de la sala oscura y la imagen en movimiento, la emoción compartida del público que disfruta una obra de arte y de ese modo contribuye a completarla, dotándola de pleno significado.

Porque entendámonos: está bien, por ejemplo, ver una película en la comodidad del hogar, pero eso es un placebo, un pobre sustituto de la experiencia que puede y debe ofrecer una sala de cine en pleno siglo XXI.

Sería difícil y tal vez de poca utilidad determinar con exactitud en qué punto tiramos la toalla y nos resignamos a ver nuestros cines, otrora frecuentados por legiones de peliculeros, ahora convertidos en otra cosa: escenarios para ocasionales graduaciones, ensayos, presentaciones artísticas de mayor o menor categoría, entregas de reconocimientos, reuniones…

A lo mejor nos noqueó la paradoja: Matanzas fue la segunda ciudad cubana en contar con la invención de los hermanos Lumiere, allá por 1899, pero luego el cine se volvió demasiado complejo, dependiente hoy de costosos y frágiles vídeo proyectores, condenándonos a la obsolescencia.

Pero y si con un pase de varita mágica consiguiéramos los equipos necesarios…, ¿cederíamos a la banalidad del grueso de la taquilla internacional, proyectaríamos solo obras de culto o lograríamos ese preciado equilibrio entre arte y entretenimiento?

A medio camino entre la añoranza y la indiferencia, generaciones enteras de los nacidos en la culta ciudad de Matanzas, la de los puentes y los poetas, crecen ajenos al  magnetismo del espacio físico de la sala de la gran pantalla, de espaldas a una manifestación mundialmente reconocida por sus potentísimos referentes culturales.

Solo el cine puede contener el Cine: con su pantalla enorme y la historia que en ella se cuenta como protagonistas de la sala en penumbras, el público callado, chillón o murmurante, cómplice del arte y -también vale-  del sabroso romance a media luz.

La hermosa urbe de San Carlos y San Severino de Matanzas cumplirá muy pronto 325 años de fundada y por tal motivo se ejecuta un amplio programa de reanimación, como una película en la que todos sus habitantes participamos de algún modo.

¿Será cosa de locos desear que en algún punto de la rehabilitación llegue la hora de insuflar nueva vida a nuestros cines? Bueno, después de todo, el séptimo arte viene como anillo al dedo para eso: para hacernos soñar.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones