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Wednesday 18 September 2019
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El fuego y la memoria

El fuego nos salvó, nos permitió superar la tremenda distancia entre la caverna y el cosmos pero, como casi todo, tiene un costo. Puede ser también un enemigo implacable de esos que no creen en pactar tablas y combaten hasta el final de los finales, un animal furioso sin control.

Un lamentable recordatorio del poderío de las llamas se vive en Brasil desde el domingo último, cuando un incendio literalmente abrasó siglos de Historia contenida en el Museo Nacional ubicado en Río de Janeiro.

Estremecen al mundo las imágenes de las llamas ensañándose en el vetusto palacio del siglo XIX y también de la desolación que quedó después entre las ruinas del edificio donde permanecían unos 20 millones de artículos de valor histórico y cultural, de los cuales solo se salvó, con suerte, un diez por ciento.

Como siempre sucede ya se barajan varias causas de la tragedia, desde la falta de fondos y el ruinoso estado de las instalaciones denunciado por el personal, hasta la caída de un pequeño globo aerostático usado durante una celebración o un posible cortocircuito.

Pero ¿qué tenía de especial ese recinto? ¿Por qué el siniestro es catalogado por varios medios de comunicación como “catástrofe” para el resto del continente y el planeta?

Entre otros tesoros, el Museo Nacional de Río de Janeiro contenía una de las colecciones de antropología e historia natural más grandes de la región; objetos provenientes de diversas civilizaciones de América, Europa y África; y la mayor colección de arqueología egipcia de América Latina.

También en sus salas permanecía un significativo acervo paleontológico entre ejemplares y registros; la más importante colección de arqueología clásica del continente; el esqueleto más antiguo encontrado en la región, el de una mujer apodada Luzia, con doce mil años de antigüedad.

Es abrumador caer en la cuenta de cuánta riqueza cultural acumulada y protegida durante centurias puede quedar reducida a cenizas en apenas unas horas.

Por aquello de poner la propia barba en remojo cuando vemos arder la del vecino, al ver las imágenes del Museo Nacional de Brasil en llamas mi mente no puede evitar hacer comparaciones, sacar cuentas, lamentar cuánto podríamos perder en Cuba si sucediera una tragedia similar en alguna de nuestras instituciones culturales.

Hay de todo, como en botica: tenemos museos rutilantes que combinan saber con entretenimiento gracias a la tecnología, casi acabados de salir del cascarón; otros guardan tesoros sin los cuales no podríamos reconocernos como país ni siquiera ante un espejo; y también existen unos más modestos, pero igual de valiosos para contar el devenir del terruño primordial, amado, nuestro.

No es ocioso preguntarse ahora hasta qué punto son seguros los espacios donde reposan las reliquias de la Patria, las colecciones reunidas por los sabios, las piezas cuya singularidad las hace irremplazables, lo inmaterial y lo tangible.

Se dice que la mayor señal de vulnerabilidad puede ser sentirse invulnerable, y vale para todo. Prefiero no dar detalles ni mencionar ninguna institución porque no quiero que nadie en particular se sienta aludido. En realidad, quiero que todos se sientan aludidos.

Recuerdo una novela del inglés Terry Pratchett, La Nación, en la que un joven trata de reconstruir la cultura de su país natal completamente destruido por un tsunami y para ello se vale de su memoria donde permanecen aún latentes fragmentos de costumbres, tradiciones del pueblo extinto.

Que no nos coja desprevenidos la ola, ni el fuego, ni el viento, seamos capaces de poner a resguardo todo cuanto nos hace irrepetibles, o lo que es lo mismo: cubanos. Quien avisa no es traidor.




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