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Tuesday 12 November 2019
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No aparece…

No encuentro mi grabadora. Perderla fue tan fácil como buscarla en el lugar de siempre y no encontrarla allí. He buscado por todas partes, pero nunca a fondo; soy demasiado cobarde como para perder, de un solo golpe, la esperanza de que aparezca.

Por eso vuelvo minuto a minuto sobre mis pasos revisando un poco mejor y, aunque me asusta decirlo, cada vez quedan menos libros por levantar o mover.

Durante el proceso de creatividad que exige aferrarse al sueño de hallarla, reparé en situaciones de la niñez y me he remontado a los orígenes del desorden. Por  esos recovecos de la memoria –pensé–  encontraría las pistas.

***

Menos de diez años se agolpaban en mis costillas y ser el mejor pelotero del mundo postulaba entre mis planes. Tenía pelotas atrapadas en las gradas del estadio, otras de goma maciza, de tenis campo y hasta de golf; mientras más rebotaran mejor: así se incorporaba al juego la adrenalina del cálculo milimétrico para no romper ningún búcaro; la física también estaba entre mis proyectos de vida.

Como persona responsable que mi estampa siempre ha representado, yo dejaba organizadas mis pelotas, de manera estratégica, a lo largo de toda la casa para, al llegar la siguiente jornada lúdica, el terreno estuviese listo.

Para sorpresa y disgusto, estos planes nunca fructificaban. Solo las mejor guardadas –bajo el escaparate o tras la casa del perro– llegaban al próximo día. Diez años de vida no es cualquier cosa y uno ya va acumulando su experiencia. Yo caminaba hacia mi abuela y, consciente de su culpabilidad, exigía lo mío.

Ella disimulaba un poco y decía no conocer el misterioso paradero; luego, cuando casi ni me acordaba, abría su gaveta enorme y sacaba una de mis pelotas. «No las dejes más regadas». Todavía me faltaban más esferitas pero, para quien empezó la mañana con nada, algo era bastante.

Años después, ya a la altura de su gran gaveta, la abrí a escondidas y vi una pelota. Emocionado por el hallazgo, corrí a jugar con ella pero, cuando la lancé contra la pared, saltó poco. La analicé detenidamente y me di cuenta de que la goma estaba húmeda y pegajosa, agrietada.

Abuela se acercó y dijo que hacía un lustro la guardaba para que yo siempre tuviera pelota para jugar. Le sonreí y la abracé; «gracias, hoy podré hacer tiradas con los chicos del barrio.»

***

Mi otra abuela, por su parte, tenía formas muy folclóricas de enfrentar mis pérdidas. Las cajas de anzuelos, las mismas pelotas, las palomas compradas el día anterior y liberadas por mi fe en el amor recíproco a primera vista entre niño y animal; para todo eso había solución.

Ella podía amarrar a San Dimas. Sí, el ladrón bíblico ahora era atado a la cruz por el nudo imaginario que abuela esbozaba con sus puños y antebrazos, matizado también por el reflejo de cierto esfuerzo en su rostro.

No sé cómo: al minuto, las horas, los días o los años aparecían los anzuelos, las pelotas e incluso los antiguos dueños me traían a la paloma de vuelta.

Ella siempre fue militar y mujer práctica pero, resignada, me decía que quien andaba con un nieto así, en algo tenía que creer.

***

Hoy, ninguna de mis abuelas vive junto a mí. No obstante, hace unas horas marqué sus respectivos números telefónicos y les informé de la pérdida.

La grabadora no aparece. Sigo triste, con susto, preocupado. Pero un dejo de esperanza, fe y tranquilidad se agarra a mi espalda. Ahora tengo, en algún sitio, a un cajón mágico y a un santo buscando junto conmigo.



Estudiante de Periodismo


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