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Wednesday 13 November 2019
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Fotografías al alma de la gente humilde

Ellos están presentes en la vida de cualquiera de nosotros. Aun cuando en nuestro andar diario y enajenado no percibamos que están ahí, permanecen, como un cuadro inmóvil y surrealista, dentro de nuestro campo visual. Son parte de una realidad que los absorbe como a cada uno de nosotros.

Sentados en un parque, recostados a un muro tan añejo como sus sueños, intentando resguardarse del abrasador sol de cualquier estación en Cuba, son vendedores de maní, ganchitos de tender, agarraderas para la cocina, jabitas de nylon, periódicos…, comercializan un sinfín de productos en los que depositan las esperanzas de cada nueva jornada.

Son hombres y mujeres en cuyos hombros pesa la fatiga del trabajo de más de seis décadas, dueños de rostros en los que la ancianidad aparece en primer plano casi al unísono con la amalgama de emociones que desbordan sus miradas cansadas, inmortalizadas en blanco y negro, pero nunca vacías.

Representan la escenificación de un canto a la vida, un llamado a no flaquear ante las dificultades de la existencia humana, a emprender un nuevo camino cuando el anterior ha quedado a oscuras.

“No pretendo hacer fotos de ancianos por hacerlas, sino buscaba también que tuvieran un vínculo. Creo que hay muchas personas mayores en la ciudad y en el país. El denominador común de todos ellos es que comercializan productos: viven aquí y pasan buena parte del día vendiendo cosas simples”.

Desde la sensibilidad que descubres en su mirada, Julio César García, joven y emprendedor artista matancero, rescató a estas personas de entre 60 y 80 años de su existencia ausente, únicamente advertida por unos pocos observadores como él; los sacó del anonimato con que surcan las calles de la ciudad y los convirtió en ejes de sus fotografías donde solo ellos y sus ventas son protagonistas.

“Ha sido resultado también de mucha relación, de mucho acercamiento entre ellos y yo. Llevo cerca de un año trabajando y he captado solo once retratos. Pasa bastante tiempo entre el momento en que converso con uno, nos familiarizamos y lo llevo al taller.

“Cuando estamos en ese punto solo me ocupo de crear algunas condiciones, el ambiente, pero al final ellos son los que me dan la fotografía, los que le ponen el toque singular. En tiempos de tanto ajetreo, tan rápidos, es muy importante no olvidarnos de mirar hacia el lado, acercarte a la persona que está ahí. Ellos son los que me han motivado”.

El reino de este mundo se alimenta mucho de la literatura, pero se asemeja más a la incandescente luz que descubrimos desde los rostros arrugados de once personajes populares, inconscientes de la inmensa belleza que emerge desde su espontaneidad, de la sabiduría que entrañan sus medias sonrisas, testimonios vitales de la ilusión que casi nunca se vislumbra en esas edades, pero que existe y es un sentimiento que merece respeto, aunque para algunos roce con el delirio, la alucinación, la quimera y la utopía, según expresó Rubén Darío Salazar en las palabras al catálogo.

Julio los ha fotografiado como quien les realiza un nuevo carnet de identidad, una identificación, otra, sin más dirección que sus miradas apagadas, ni más nombres y apellidos que sus objetos en venta, enarbolados frente a la cámara de una manera limpia; viven de ese comercio de cosas simples y no se sienten culpables de querer seguir respirando.

“Hace rato quería llevar a cabo un proyecto fotográfico con personas ancianas, pero no encontraba algo que me motivara y apasionara a trabajar en ello. En uno de esos días que estaba pensando qué hacer revisité la novela de Alejo Carpentier (El reino de este mundo) y la comprendí mucho mejor.

“En los dos últimos párrafos del texto encontré el material para desarrollar la idea. El personaje de Ti Noel al final de la novela decide no esconderse, sino afrontar la vida, enfrentar los retos como vinieran; decidió no hacer como Mackandal, no transformarse en animal ni vivir encubierto”.

La inauguración de El reino de este mundo constituyó la actividad con que abrió la décimo quinta edición de las Fiestas por la Memoria en Matanzas. “Yo hago fotografías, pero en la familia también nos dedicamos a la industria del calzado. Cuando yo estoy ayudando a mi papá en el diseño y confección de los zapatos, he podido acercarme a muchas de estas personas y ha sido muy fácil para mí poder identificarme con ellos.

“La actividad de ellos y la de mi familia tiene mucho en común. Es muy importante dejar de pensar en uno mismo y mirar hacia donde está alguien que necesita de ti, la sensibilidad con que tratemos a estas personas habla mucho de nosotros mismos”.

La serie fotográfica El reino de este mundo forma parte de un proyecto de mayores dimensiones en desarrollo actualmente. Permanecerá en la Galería Génesis hasta el próximo 30 de septiembre. “Es una serie que trabajaré durante los próximos dos o tres años porque, en la medida que voy logrando fotografías, aparecen nuevas ideas para hacer crecer la muestra”.

Una vez más el arte viene a traer luz sobre un tema que, cada vez más, nos estremece y sobrecoge por su cercanía y actualidad.




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