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Wednesday 18 September 2019
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Colas, embarazadas y desvergüenza

Con una anchísima bata, el pelo perfectamente estirado y una lágrima casi a punto de caer, la mujer pidió un poco de sensibilidad. “Estoy embarazada”, dijo, e inmediatamente la cola completa la enfocó.

“Yo necesito viajar a Santiago de Cuba y espero que ustedes me ayuden”, pidió con voz entrecortada. A esa hora con ese recado, pensamos algunos. Alguien tendría que ceder su puesto para ayudar a la pobre mujer, lo que sería un verdadero sacrificio.

Viernes tras viernes, en los meses de julio y agosto, la venta de pasajes para la guagua extra Matanzas-Santiago de Cuba, sumaba en una agotadora vigilia a los interesados en comprar uno de los 41 asientos del ómnibus. La opción implicaba siete días con sus noches cuidando la cola en la terminal interprovincial de Pueblo Nuevo. Pasar la agotadora prueba era un ilegal mecanismo organizativo que, sin embargo,  aseguraba un cupo.

Ese día, cuando a las 9:00 de la mañana llegó la hora del último pase de lista, aquella joven tanto clamó por dos pasajes, uno para ella, el otro para su pequeño de cinco años, que no quedó otro remedio que ayudarla. El daño lo pagó un señor, sin más alternativa que postergar su viaje para el viernes próximo.

Todos los que ese día estábamos allí quedamos complacidos de haberle hecho el bien a la joven embarazada.

Nada hubiese alterado aquel acto de buena fe, si la misma “embarazada”, con la misma bata y la misma carita de ángel no hubiera estado allí, en la Plaza XIV Festival, valiéndose de su “estado” de gestación para conseguir las cinco libras de queso blanco de aquel kiosko de la feria dominical.

Justo delante de mí, exigió la preferencia, como luego lo hizo para comprar carne de cerdo, masa de pizza, dulce de leche y helado. Lo lamentable es que ella no es la única. Varias mujeres matanceras, también de La Habana, se les ve, lo mismo en la feria comercial de la Plaza XIV Festival, que en la sabatina del Viaducto, valiéndose de su embarazo, si es verdad que lo están, para acaparar productos que luego venden al doble o al triple de su precio original.

Estas suertes de engañadoras de colas, trafican, negocian, mercantilizan a costa de un estado que para ellas debiera ser sagrado. Algunas hasta muestran su tarjetón en señal de prohibido la duda.

Luego supe más. Aquella muchacha presuntamente embarazada, a la que el 17 de agosto se le permitió la compra de dos boletos para la Ciudad Héroe, nunca abordó el ómnibus. Prefirió subir a la guagua de la desvergüenza, solo que con la cartera llena. Aquel viernes su truco funcionó. Cada pasaje lo vendió a diez CUC.

¿Moraleja? Haga el bien y no mire a quién. Crece menos humanamente quien simula y engaña.

  • Fotos de la autora




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