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Sunday 22 September 2019
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La verdad es una espada que no se mella por mucho que taje

  • Testimonio del periodista Julio Haedo Maden, ex integrante de la Selección Nacional de Esgrima, en ocasión del 42 aniversario del crimen de Barbados.

Hace casi cuatro años, cuando llegué al aeropuerto de Maiquetía, en Venezuela, como colaborador de ese gran ejército de batas blancas que integra la Brigada Médica Cubana en ese hermoso país, yo estaba impregnado de cierta esperanza, de un cierto júbilo sublime que no tenía medidas ni magnitudes –como decía el Ché- pues cada minuto, cada hora que permanecí en esa histórica terminal aérea antes de trasladarme hacia el Estado de Portuguesa, donde definitivamente fui ubicado para cumplir mi misión, no pude evitar la respetuosa aproximación a mis 24 compañeros esgrimistas asesinados el 6 de octubre de 1976 en el sabotaje perpetrado contra una nave de Cubana de Aviación en pleno vuelo frente a las costas de Barbados.

Durante esos días, ante un pequeño obelisco ubicado a la entrada de esa terminal aérea que perpetúa la memoria de los 73 pasajeros que abordaron la nave de Cubana de Aviación, entre los que se encontraban además de los esgrimistas cubanos, once guyaneses y cinco coreanos, pude imaginar los momentos de alegría y nuevos proyectos profesionales y familiares que pudieron experimentar nuestros jóvenes, que regresaban a la patria con la totalidad de las medallas de oro puestas en disputa en ese evento.

Yo recuerdo que semanas antes de producirse ese horrendo crimen recién llegábamos de uno de los Torneos Juveniles de la Amistad en la capital rumana. La esgrima cubana en aquel entonces no tenía la fuerza que alcanzó después, pero la misión planteada por la Comisión Nacional de Esgrima y nuestro ex entrenador mártir Jesús Méndez Silva a nuestro talentoso equipo juvenil de florete ya estaba planteada: “si obteníamos una medalla de cualquier color en ese fuerte torneo europeo, seríamos por primera vez como juveniles los representantes de la delegación cubana al IV Torneo Centroamericano de Esgrima, que se efectuaría en Caracas, Venezuela.”

Y todo sucedió como estaba pensado, pues en medio de una constelación de figuras del viejo continente, nuestro equipo juvenil, integrado por los matanceros Cándido Muñoz Hernández, Valentín Pérez Biart, el tunero Carlos Leyva González y yo, alcanzamos, para sorpresa de los especialistas, la medalla de bronce por equipo en la modalidad de florete.

Durante el viaje de regreso, aún en pleno océano, todavía no podíamos creernos ese acontecimiento, pero el entrenador se encargó de recordar su promesa y orientó que, al llegar a La Habana, continuáramos entrenando con vistas a cumplir aquella riesgosa misión.
Puedo narrar estas anécdotas porque en realidad no hice ese equipo. Días antes de la partida para Venezuela una decisión de última hora de la Comisión Nacional de Esgrima cambió la composición de nuestro acoplado equipo juvenil. En verdad, nunca me he alegrado de esa suerte.

De mis compañeros conservo muchas anécdotas. Recuerdo, por ejemplo, la táctica del tunero Leonardo Mackenzie Grant. Le observé detenidamente en muchos asaltos competitivos; con los contrarios de manos y piernas ágiles utilizaba toda su fortaleza, tanto psíquica como física, al desarrollar las acciones.

Del espadista Julio Herrera Aldama, me acuerdo de su acostumbrado zarandeo de hombros durante los asaltos y puedo asegurar que además de ser un excelente esgrimista, gozaba de un elevado prestigio como trabajador de avanzada del entonces Desarrollo de Edificaciones Sociales (DESA), donde laboraba como tipógrafo. ¡Qué feliz hubiera sido si supiera que iba a ser padre de un varoncito al que ya le llamaba “mi negrito”!

A los matanceros Cándido Muñoz Hernández y Alberto Drake Crespo los recuerdo como eran de sencillos y jocosos, pero con extraordinarias cualidades humanas. Al primero nunca pude ganarle un asalto, estudiaba con profundidad y rigor el plan táctico de combate de sus contrarios, le sobraba inteligencia y rapidez en sus extremidades. Cuando combatía con sus contrarios, disertaba con la belleza natural de sus movimientos. Del segundo, no olvido su insaciable sed de lectura de libros policiacos durante los viajes de regreso semanal a nuestros hogares yumurinos en los cansados vagones eléctricos del tren de Hershey, que atraviesa el ancho y maravilloso Valle del Yurumí.

Siempre me ha conmovido la imagen de Virgen María Felizola, la más pequeña del equipo, con sus recientes 17 años, presumiendo el nuevo peinado recomendado por el esgrimista matancero Valentín Pérez Biart y yo durante uno de los entrenamientos días antes de la partida hacia Caracas. Eso lo comprobé cuando llegaron a nuestras manos las fotos enviadas por la prensa venezolana, donde ¡quedé perplejo! y exclamé indignado ¡asesinos!, no me conformaba con ver en una simple foto su cuerpo casi infantil ejecutando por última vez uno de sus potentes ataques a fondo con el bello peinado recomendado.

Yo creía siempre que los esgrimistas sólo pensábamos en el combate durante los asaltos, pero en el transcurso de estos años descubrí que nuestros pensamientos muchas veces se apartan de ese auditorio para atravesar enormes distancias, incluso de años.

Por eso hoy, tras cada aniversario del crimen de Barbados, recuerdo, aún muy fresco, el lenguaje de millones de pupilas en la Plaza de la Revolución junto a Fidel. Cuando en menudos amaneceres vuelvo ciertamente con mis pensamientos a lo que fuera nuestra escuela en la ESPA Nacional y encuentro en sus peldaños extraviados la palabra, la frase, el terrible hecho que torció el rumbo de los acontecimientos y llega temprano el recuerdo de mis compañeros pernoctando en un sitio tranquilo, en un aula vacía, bajo la sombra de un árbol o simplemente a orillas del mar para escuchar algunos de los poemas del espadista José Ramón Arencibia Arredondo.

Durante mi etapa como esgrimista aprendí a descubrir en el silencio del combate la sagacidad, las intenciones del contrario, el autocontrol, el examen veloz y desmesurado de una acción continuada, aprendí a interpretar disciplinadamente la orden de nuestros profesores, a escuchar únicamente sus voces y a aislarnos de todo susurro en el escenario de competencia.

Con apenas 17 o 18 años tuvimos que vivir ese horrible 6 de octubre del 76 y soportar con impotencia o qué se yo, cómo de repente se nos derrumbaba ese maravilloso mundo de atletas. Sucedió como cuando a uno quieren imponerle algo cuando pequeño y no sabemos qué ni porqué, fue como una amenaza contra nuestra propia voluntad, porque se nos desaparecieron para siempre las imágenes reales diarias de nuestros hermanos desde el amanecer hasta muy tarde en la noche, cuando lográbamos al concluir los estudios descansar y conciliar el sueño.

Fue duro, es muy duro no haber podido recibir una sonrisa victoriosa de nuestros hermanos, que no te estrecharan las manos, te dieran un abrazo y, por otro lado, sentarte y no poder o no querer comprender. Lloras algo que fue tuyo o parte de ti mismo.

Por eso, lo que he pensado durante todos estos años ha sostenido siempre firme ese equilibrio emocional casi imperturbable acumulado en el combate esgrimístico con la vida, se ha convertido en pauta que nuestra digna juventud sostiene racionalmente en su histórica marcha, se ha convertido en frontera irreconciliable para los que, como dijo José Ramón Arencibia en uno de sus poemas: “quieren entorpecer nuestros pasos rudos, nuestros pasos seguros, nuestros pasos firmes, nuestros pacíficos pasos.”




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