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Sunday 17 November 2019
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Los invitados

Mucho antes de leer a Marshall McLuhan, la televisión fue mi niñera. Un achacoso televisor soviético repetía cada noche el milagro de convocar a la familia, como la primitiva hoguera. Aquel aparato padecía un masoquismo incurable: sin golpes no daba señales de vida.

Eran los años 90 del siglo XX, pero el filtro de mi niñez lo hacía parecer todo un poco más amable de lo que era en realidad.

La sobremesa ocurría en la salita y los acordes de la banda sonora de la telenovela del momento llenaban la habitación.

El “culebrón” de turno servía para todo: uno podía filosofar o sentirse aludido, debatir puntos de vista enredándose en la trama, recordar historias parecidas de la vida real, enamorarse de las bellezas del reparto, ser un viajero inmóvil de paseo por Brasil o por Japón…

Aquello era un ritual y lo cumplíamos sin violar turnos, a no ser que un apagón aguara, o más bien oscureciera, la fiesta. Recuerdo claramente aquellas noches repletas de detalles pintorescos de nuestra vida en común.

La tv, que se parecería a un televisor actual tanto como un microbio a una estrella, era una de las poquísimas del barrio. Tal vez por eso era perfectamente aceptable permitir que, al asomarse a la ventana ya abierta para refrescar la sala, cualquier transeúnte pudiera captar un buen ángulo de la pantalla blanquinegra para seguir el hilo del capítulo anterior de la novela.

-Mamá, hay alguien mirando por la ventana.

-Si “mijo”, está viendo la novela, igual que nosotros.

Semejante muestra de desenfado se repetía en muchos hogares de la Isla, por mucho que ahora podamos recordarla como absurda. Era una de las formas en que nuestra solidaridad mejoraba las cosas, como un ramo de flores coloridas en un cuarto vacío.

No era raro que al primer televidente “callejero”, tímido al principio, pero más desinhibido luego, se sumara otro y otro y otro. La cosa terminaba con muchos pares de ojos parpadeando atentamente desde las persianas entornadas.

Llegado el momento en que mirar ya no era suficiente, los “invitados” se animaban a participar, porque ¡cómo no compañeros! tenían sus propias opiniones sobre el “dramón” de la pantalla con aquellos líos de “tu madre no es tu madre” y “tu padre no es tu padre” y “tú no eres tú”.

No podría decir en qué momento nuestra sala se convirtió en un cine de barrio, tampoco me atrevería a precisar cuando dejó de serlo. Mi familia cambió, mi país también.




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