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Tuesday 17 September 2019
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Yo recuerdo los domingos

Para mí, abuela siempre había sido así. La conocí ya vieja y con el rostro arrugado, quitando y poniéndole las medias a mi abuelo, caminando de aquí para allá, barriendo las esquinas, pendiente del fogón. Creí en la fantasía de lo eterno, pero nunca conté con lo implacable que es el tiempo a la hora de cobrar factura. Las pistas fueron llegando poco a poco y ninguno de nosotros tuvo el valor de aceptarlo. Ahora tenía 20 años más sobre su cuerpo y, aunque continuaba realizando las mismas operaciones de su eterna rutina, le apareció una inocencia infantil en la sonrisa, la velocidad disminuyó, el sabor de los frijoles fue perdiendo el punto exacto y se empezó a acumular algo de polvo en los rincones.

No quisimos verlo; cobardía, vagancia, miedo, amor; nadie sabe… y tampoco importa. Luego de ese domingo abuela dejó de caminar sin necesitar ayuda; por primera vez en años, quizá más de 70, paró de trabajar para los demás y comenzó a requerir, como la prueba de amor más grande que puede imponer una madre, varias manos extra a tiempo completo. El mismo domingo, abuelo lloró como si la culpa de todo cayera en sus hombros, algunos familiares anularon su frecuencia de visita, otros, luego de mucho tiempo, aparecieron y abuela contó oficialmente con una pequeña comisión que hoy le ayuda a vivir, además, claro, de un inmenso nailon sobre la cama en que duerme.

A partir de entonces los temas matrimoniales de mis abuelos han evolucionado a un punto interesante. La bodega ni se toca, pues ya no quedan ni dientes ni ganas para comer el pan; el famoso y manido “¿te acuerdas, vieja?” se convirtió en una pregunta retórica con negativa de fondo. Ahora las polémicas se encaminan a recordar la “última vez” y, aunque triste, da un poco de risa reconocer que pocas veces aciertan en lo que a vaso de agua, comida y taza de baño respecta. No todo resulta malo, abuela parece tener ahora menos pelos en la lengua y, a pesar de que entre col y col se le escapen par de lechugas de incoherencia, a cada rato nos deja caer enseñanzas como las que solo en los puntos cumbres de la vida se es capaz de redactar con los labios.

Por otro lado, me alegra decirlo, su mejilla se ha vuelto el mayor lugar común de la casa. Lo más duro del domingo es la noche, cuando llora para acostarse y todos asumimos que el dolor de su columna la está matando. Pero a veces abre los ojos y, helando las paredes de la casa, grita. “¡Aaaaaaaaaahhhhhhhhhhh! ¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí! ¡Libérame!”, gime con voz de niña. “¡Aaaahhh!”, suelta entre sollozos. Mi abuelo, que ha desarrollado junto con las canas algo de miedo a lo que no se ve, se esconde en su sábana y, antes de él mismo también arrancar a llorar, le pregunta que de dónde quiere que la saquen, que a quién le habla. “A ella. Yo quiero ser libre. ¿Tú no ves que estoy presa?”.

Mi padre corre, la protege con sus brazos y, con la calidez de un hijo que, sin pensarlo, ha asumido la responsabilidad del momento, le dice: “Está bien. Tranquila, mima”. Después, duda unos segundos y le susurra al oído que todo fue un sueño.



Estudiante de Periodismo


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