Search
Wednesday 13 November 2019
  • :
  • :

“La misma”

Ella baja de la guagua y se suma a la corriente de transeúntes. Camina con la salsa inigualable de una mezcla preparada durante centenios, como si Dios se hubiese tomado largo tiempo para germinarla.

La piel: casi blanca. Los ojos: casi negros. La nariz: casi fina. El pelo: pardo con un brillo similar al de sus ojos y su piel y hecho caracoles hasta los hombros.

Estoy prácticamente convencido de que es ella. La acabo de reconocer. Tengo dudas, pero no resultan suficientes como para amainar mis certezas. No importa que lleve pantalón de mezclilla, Converses y blusa de vuelos.

Ando a punto de llamarla, hacerle señas, pintarle muecas… algo, en fin, que le indique de una vez y por todas que, en el siglo XXI, mientras se desplaza por una calle de Matanzas, alguien la ha identificado; que ya no puede esconderse, al menos no de mí.

Sigue caminando y todos la miran. Parece que también cayeron en la cuenta de quién va sobre los adoquines, bajo los balcones…, quizás en busca de la Loma del Ángel, que aquí no encuentra. ¿Estará perdida? Mejor me acerco a ver.

Dime, Cirilo, qué le digo. Bastará con “¿Cecilia?” y nada más.

***

“De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil ha entrado en la muerte, que para él ha de ser el premio merecido, el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela.”

Así comenzaba cierto artículo publicado el 30 de octubre de 1894 en el periódico Patria siete días más tarde del último suspiro de Cirilo Villaverde, en un lecho neoyorkino.

El hombre pionero de un romanticismo costumbrista, el que tardó más de 40 años en transformar lo más crudo de Cuba en novela, el que no se conformó con estudiar la filosofía y las leyes y acabó enseñando y escribiendo periódicos, el que fue separatista, condenado a muerte, desterrado, conspirador, perdonado y expulsado de nuevo hacia entornos foráneos, cerraba los párpados.

El autor de El perjurio, Excursión a Vueltabajo, El ave muerta, La peña blanca…, el que también regó los jardines donde retoñan el cuento y la poesía, el que tomó al Castellano, lo sacó a bailar y –cuentan los que saben– que logró incluso redibujarle el rostro, el revoltoso, no respiraba más.

“Ha muerto tranquilo, al pie del estante de las obras puras que escribió, con su compañera cariñosa al pie, que jamás le desamó la patria que él amaba, y con el inefable gozo de no hallar en su conciencia, a la hora de la claridad, el remordimiento de haber ayudado, con la mentira de la palabra ni el delito del acto, a perpetuar en su país el régimen inextinguible que lo degrada y ahoga”, sentenciaba Patria.

***

– ¿Cecilia? ¿Eres tú?

Detiene sus pasos, voltea la mirada, estruja unos instantes el entrecejo, los labios y responde:

– La misma.



Estudiante de Periodismo


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones