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Friday 6 December 2019
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Musarañas

Sueño despierto, no me da pena decirlo. Es algo que simplemente sucede y uno aprende a aceptarlo al final. Con el tiempo se le coge el truco y ya se puede uno escapar un rato cada día, incluso sin moverse de lugar.

No se trata de quedarse en blanco mientras alguien te dice algo importante y derramar café sobre la ropa recién lavada, ni babearse con la mirada fija en un ángel de paso. No, lo mío es otra cosa.

Cualquier cosa puede iniciar el proceso, desde un aroma hasta una frase.

Mis ensoñaciones me salvan de perder el seso en las reuniones inútiles y las “colas” injustas, imponen distancia a la gente molesta, especialmente los vampiros del tiempo, esos que procuran robarme los minutos para alimentarse, disponer de mi vida para su provecho.

Escribo, saco cuentas, desbloqueo recuerdos, invento historias, planifico la agenda y me busco a mí mismo en cada trance, una manera de soñar despierto y aprovechar mejor el tiempo, por ejemplo, mientras viajo en una guagua donde caben 25 y vamos 50.

Soñar despierto es un pasatiempo solitario: de alguna manera para abrir esa puerta es preciso que otra se cierre dejando a cualquier acompañante fuera y con la incómoda impresión de estar de más.

Para mí funciona más como algo demasiado íntimo porque se puede pensar en las cosas más privadas rodeado de gente. ¿No es el cerebro algo maravilloso?

Hay algo muy raro y muy sabroso en recorrer de vez en cuando otros caminos de la mente, los menos transitados, y poner pausa a la realidad que abruma, que atosiga.

En ese estado casi de gracia todo fluye lento desde y hacia uno mismo, porque la meditación no rima con las prisas, vengan de donde vengan.

Soñando despierto se puede escoger el hilo de la trama y seguirlo hasta el final o hasta ser interrumpido, sí, porque cada vez las urgencias cotidianas dejan menos tiempo para que cada quien practique aquello de conectar consigo mismo antes de hacerlo con los demás.

Como los libros y el café, como las películas y las series de televisión, pensar en las musarañas se ha convertido en uno de mis “sanos” vicios.




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