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Wednesday 20 November 2019
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Los codos, las manos, la sien y el San Juan

Más temprano de lo acostumbrado llega la noche y algo tiene de distinto Matanzas. En el San Juan se escuchan –además de los grillos, pasos de cangrejos y los botes murmurantes de siempre– voces, risas, grandes historias, mentiras, silencios cortos y prolongados. Por estos días no solo los laboriosos pescadores y los terrales acompañan las aguas del manso río.

Caminando en la madrugada, mientras se cumplen 155 años de la muerte del Cisne Matancero, José Jacinto Milanés, la ladera izquierda del San Juan pareciera engalanarse para homenajear a quien le dedicara lo más hermoso que se recuerde en poesía.

Mientras el parque de La Libertad muestra sus mejores galas, sus más espléndidas luces, sus nuevos y viejos –ahora recortados–árboles, su fuente, su pavimento, su Martí iluminado…, la ladera del río resulta un provocador paseo que a muchos les recuerda la capitalina Alameda de Paula y, a otros, los de mayor edad, los conduce hasta lo más hermoso de la Matanzas que un día fue.

Narváez, contrario a ciertas predicciones populares, colma su remozado malecón en las noches. Los matanceros han sabido ocupar un lugar donde la belleza natural se conjuga con el esfuerzo humano para construir el espacio, cuyo atractivo y calidez parecieran el imán de los hombres y mujeres que habitan entre puentes y un poco más allá.

Te sientas ahí, de la mano de alguien, divisando la sublime corriente del río que pocas veces asume una postura neutral. Miras a los lados y divisas varias caras, varios mundos.

Las turbas de adolescentes van de un lado a otro sosteniendo, entre varios, bocinas de exagerado tamaño, peso y volumen. Por aquel recodo hay un grupo que discute de política, más acá, unos cuantos juegan a adivinar, mediante pantomimas, el título de algún largometraje. Hay quienes solo conversan, hay quienes solo se miran, hay algún borracho errante en busca de olvidados cabos de cigarro…

Un señor se atreve a lanzar una bolsa de basura al agua. Todos lo miran azorados pero nadie levanta su voz. “Para qué”, pensarán algunos, si la jaba ya está en el río y él no se echará a buscarla. “Podríamos, entre todos, que somos muchos, obligarlo a tirarse al agua a recuperar el bulto”, cavilarán otros más creativos.

La llovizna fina no traspasa el incipiente arbolado. La llovizna se esfuma con la misma rapidez que aquellos que van y vienen sobre bicicletas. En los grupos de muchachos debaten dialécticamente sobre quién debe llegarse al fumador más cercano para adquirir el siempre milagro del fuego, para encender; o sobre cuál de todos posee las condiciones indicadas para, lo más rápido posible, salir en busca de alguna sustancia líquida que ponga el alma contenta.

Todas esas cosas las vive y las siente el San Juan; un río que conoce bien la diferencia entre lo que es ahora y el resultar una senda oscura a donde, a penas, van a para los desechos y los olvidos de una ciudad o acaso lo más melancólico de las crónicas.
Hoy, la corriente se maquilla cada noche con luces y gente y uno siente deseos de colocar el codo en el puente y la mano en la sien, y recitarle, de arriba abajo, los versos de Milanés.



Estudiante de Periodismo


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