Search
Monday 14 October 2019
  • :
  • :

“Amarguito”

Era una viejita menuda, como un pajarito de cabeza blanca y pulmones asmáticos que musicalizaban cada respiración con la nota ronca de un motorcito. Como Platero, parecía toda de algodón. Todavía me pregunto cómo podía contenerse semejante inmensidad en aquel cuerpo tan breve.

Nunca tuvo hijos –unos dicen que no podía ella, otros que no podía él-, pero tuvo flores. Rosas, margaritas, vicarias, claveles, marpacíficos. …las orquídeas eran sus preferidas. Ella existía a través de sus plantas, eran extensiones de sí misma, que atendía con el esmero de una madre. Mi tía era un jardín.

En su casa mandaba como reina e imponía reglas estrictas que yo violaba en cada visita. Yo parecía por aquella época un duende villano, rechoncho y juguetón como un lechoncito, que golpeaba las matas para entretenerse y porque sabía que no podían devolver los golpes. No era malvado, solo un chiquillo que no sabía nada de nada y sin embargo la maravilla de su amor sabía ver más allá de mis faltas.

Cuando por casualidad la vi desnuda ella pasaba los 60 y yo era muy niño. Solo experimenté una chocante sorpresa. Fue durísimo encarar la evidencia del paso del tiempo escrito en arrugas, estiramientos, pliegues, cabellos de menos o de más, carnes colgantes, manchas y toda clase de redundancias de la piel. Con gran asombro comprendí que a mí también me alcanzaría la vejez, en su momento.

Mi tía Carmen me visitaba siempre a la hora que mataron a Lola. En un humilde bolso verde nos traía su copiosa ofrenda de dulces caseros –arroz con leche, boniatillo, casquitos de guayaba, majarete…- que ella sabía preparar como nadie y para mi tomeguín, alpistillo fresco recién cortado al borde del camino.

Los fines de semana le devolvíamos la visita a su casa de fachada estrecha en el callejón de La Paz, el santuario que compartía con el buen Mario, su compañero de toda la vida. La norma era encontrarla siempre haciendo algo, como una hormiga genéticamente programada para evitar el ocio.

Casi siempre en la cocina o el jardín conversaba con su esposo o con algún vecino, colaba buen café que solía tomar “amarguito”, se inventaba la comida más deliciosa que he probado, alimentaba a los pollos o al perro Mochito, barría el patio, sacudía sus preciados adornos de porcelana, ponía flores frescas a San Lázaro.

Me enseñó con sus dichos a comprender el mundo:

La mejor manera de comer un plato de harina de maíz caliente: “por la orilla Doña Quilla se le quita a los terneros la babilla”.

Todo tiene consecuencias: “después de la risa viene la llora”.

Una mala tarde, poco después de despedirla, tuve el único presentimiento verdadero que he experimentado en toda mi vida. De algún modo sentí que algo no iba bien con ella, pero no podía explicármelo. Al cabo de unas horas llegó la noticia de su caída en plena calle, que le provocó una fractura de cadera. Fue el principio de su fin. Jamás volvió a ser la misma.

Más de diez años después de su muerte ni siquiera tengo que esforzarme para escuchar su voz fina tarareando algún bolero como solía hacer, narrándome por millonésima vez el inédito “cuento del guagüí”, reservándome la codiciadísima raspa del arroz con leche, acariciando mi cabeza sobre su pecho mientras ella ponía todo su empeño en respirar, algo tan simple para otros.

Los recuerdos se acumulan, forman bloques que en cierto modo se comportan como placas tectónicas: a cada rato se reacomodan sin aviso y provocan temblores de mayor o menor intensidad.

Una sola foto de la tía Carmen le causa a cualquiera de quienes la sobrevivimos un subidón de nostalgia pura, por eso cada uno de nosotros guarda una parte de esa memoria impresa en blanco y negro o en colores. Mejor que no se junten todas las fotografías de ese álbum lleno de recuerdos.

Tengo imágenes que me permiten evocarla en sus años tempranos, su vida antes de mí y otras en las cuales puedo reconocer en todos sus detalles aquel rostro añejo y dulce, tal y como lo recuerdo. Parece que fue ayer…

Nació mucho antes del estallido de la primera bomba atómica y murió antes de que inventaran los teléfonos inteligentes, entre ocho hermanos y hermanas fue la segunda en llegar al mundo, confeccionó zapatos en una fábrica, se casó y a veces fue feliz como cualquiera, me enseñó a cuidar la naturaleza, amó y fue amada, le ganó todos los rounds al asma con excepción del último, dejó una huella. Hoy, más que nunca, se me hace urgente celebrar su vida.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones