Search
Thursday 19 September 2019
  • :
  • :

Cuando tu casa se parece al mundo

La Casa es como el mundo, parece que se acaba, pero no. Unos más y otros menos, hay días en que le pesan demasiado nuestros descuidos, y se nota.

Para quien sepa buscarlas, todavía queda un par de historias por contar en la madera envejecida donde se adivina el comején, en los vidrios con hollín de las ventanas y la pintura que cae desde la pared como copos de piel muerta, en las grietas del cemento por donde entran y salen las caravanas de hormigas bravas o locas.

La Casa es un ecosistema tan complejo como frágil que se sostiene a duras penas y para abarcar su inmensidad lo mejor sería verlo como lo hace aquella lagartija, la que vive tras una versión mediocre del cuadro de La Santa Cena, en la cocina.

Los vientos de tres siglos azotaron sus paredes que guardan cosas vivas y la Casa sigue aquí como testigo de la suerte y la mala fortuna de al menos cinco o más generaciones de seres humanos.

La Casa nunca duerme porque en cualquier rincón queda siempre, al menos, algún par de ojos desvelados, algún testigo de los que todo lo ven.

Golpes, caricias, llantos, gritos, oraciones, risas, mordidas, besos, ruegos, amenazas, halagos, fiestas, ofensas, chistes, velorios, promesas, canciones, nacimientos, ausencias…, todo sucede en el interior de este animal de cemento que lleva cobijándonos tanto tiempo.

Décadas de poner vendas solo sirvieron para ocultar las heridas, no para curarlas.

En los días buenos, da la impresión de que podría plantar cara a un huracán.

En los días malos hasta la lluvia encuentra la manera de invadir la Casa, colándose por entre las rasillas del techo donde nació un pequeño jardín salvaje con las semillas que el viento trajo. Y uno cae en la cuenta, cada mañana y cada noche, de que ya es hora de arrancar aquel jardín tan verde, tan inoportuno.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones