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Monday 23 September 2019
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“Asáo”

En Cuba cada año es el Año del Cerdo. Diciembre marca el final de un camino rojo del corral a la mesa que miles de cerdos recorren inevitablemente como hacen los trenes sobre sus raíles.

La muerte se convierte en fiesta con background de cuchillos deslizándose sobre la piedra de amolar y cazuelas de metal donde el agua burbujea al hervir.

El humo sube desde las brasas de un sinfín de hogueras improvisadas con carbón, gajos recién cortados o palos viejos mordidos por el comején, en plena calle del barrio de La Marina, en la tricentenaria ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas.

En patios de tierra o de cemento, en estrechos corredores de ladrillo rojizo o en sus chiqueros armados con madera y metal los cerdos gritan cuando el cuchillo busca el corazón entre aquellas carnes cebadas con tanto esmero. Si a uno le toma por sorpresa el lamento le parece muy humano.

Cada “cochino” es una alcancía con sobrepeso donde la gente deposita la fe de cumplir sus anhelos más íntimos, desde el condumio familiar, el cierre de un buen negocio, hasta la celebración de una boda o el cumpleaños de una quinceañera.

En muchas bocas ya se vierte el ron, pero solo después de derramar el primer trago directamente desde la botella recién abierta al suelo, como un cable a tierra, “pa´ los santos”.

La rumba que aquí nació apenas resulta audible mientras compite por espacio en este paisaje sonoro con el reggaetón, el trap y la salsa.

Muchas manos, muchas bocas, muchas pieles en todas las tonalidades posibles del espectro humano participan en este ritual que los niños absorben con ojos muy abiertos para aprender a repetirlo cuando llegue la hora.

Se baila y se canta bajo las ceibas sagradas que crecen en los patios de las viejas casonas coloniales.

Un hombre con manos expertas empuña una Gillette de hoja oxidada para afeitar el cuerpo del cerdo que acaba de matar. No lejos de ahí ya las partes de otro puerco, cortadas limpiamente, se asan sobre una especie de parrilla rústica en una escena que tiene demasiado en común con aquellos grabados de Theodor de Bry sobre los banquetes de caníbales en el Nuevo Mundo.

Los turistas ansiosos de imágenes como estas estrujan sus cámaras a toda velocidad en el afán de llevarse un recuerdo de la experiencia exótica.

Las fichas del dominó revuelto resbalan sobre la madera húmeda de las mesas en cuyos bordes se apoyan y sudan las botellas de cerveza. Huele a alcohol, a humo y a puerco “asáo”. La mesa está servida para todos sin cubiertos de más, sin etiqueta.




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