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Thursday 19 September 2019
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Baila… Yuli

Yuli –así lo llamaban– quería ser futbolista y usar tenis, no bailarín y llevar pantis. Se batía en las lides callejeras a lo Michael Jackson, sin quitarse el uniforme de primaria, poco antes de que su padre, pescozones mediante, lo arrastrara hasta un tabloncillo y le dijese en tono amenazante: “baila, coño…”

Yuli era una apuesta arriesgada; no era muy común que un negro encajara en los altos niveles del arte de Luis IV; un negro no interpretaría jamás a Romeo; era difícil que un negro llegara a ser primer bailarín de nada y mucho menos siendo problemático, rega´o y cabezón.

Se siguió enfangando hasta el cuello tras un balón en plena calle, minutos y kilómetros antes de alguna función. Se siguió fugando de las clases de ballet mientras le contaba a su papá encarcelado que él estaba protagonizando el cambio de conducta más radical en toda la academia.

Lo deportaron a una escuela de Pinar del Río con la espalda aún marcada por los cintazos del padre. Última oportunidad, afirmaron sus maestros. Y, de alguna forma, alternando las sonrisas que pide el público de la cara de un bailarín con el resentimiento de una infancia totalmente distinta a la de los socios del barrio, de pronto se le vio, con menos de 20 años, representar a Cuba en los escenarios del mundo.

Los vecinos ensordecieron cuando un: “¡Le dieron el premio al negro!” estremeció la cuadra. Era la misma voz que la de aquel amenazante “baila, coño”. La mano que de un trastazo le devolvía la señal al televisor resultaba la misma que profanó la sensible piel del niño con la optimista justificación de “que un día me lo vas a agradecer”.

Yuli transitó e hizo estancia en las más prestigiosas compañías. Allá en Europa cumplía los sueños de quienes amaban el arte, pero veían en el artista a un sacerdote del oficio, a un esclavo de su talento. Aquí en Cuba todavía guardaba los suyos –los sueños– en un refrigerador de mala muerte.

Lo hizo primero que cualquier negro y mejor que todos los blancos; diarios y revistas estamparon su imagen en portada cuando interpretó a Romeo. Y su nombre –¡ay, su nombre!–, el de ficha, el de mulato problemático, mala cabeza y rega´o, el de las actas en el expediente y el de las maestras de ballet insultadas, más que un nombre parecía un eslogan de tanto repetirse por toda la tierra.

Pero ese nombre, el consabido, el famoso, pareció no servirle porque, años después, con todo ganado, sin nada que demostrar, el título que encabeza la película que narra su vida no es Carlos Acosta…, sino Yuli.



Estudiante de Periodismo


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