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Monday 23 September 2019
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Hambre de luz

“Esta casa está embrujá” exclama alguien cuando las luces parpadean como locas, pero no lo dice en serio, ni yo lo creo. Algo va mal con los cables de la Casa, que son las venas por donde le entra la vida, la energía. Debe haber un coágulo en alguna parte.

De la noche a la mañana nos convertimos en espectros agobiados que solo se asustan a sí mismos. Somos bichos nocturnos que se acurrucan en torno al quinqué, con hambre de luz.

La mitad de la Casa está en penumbras, casi muerta, y uno toma conciencia también de otras “oscuridades”. Hay algo instintivo que nos hace eludir la parte enferma, la sección apagada, pero volvemos a ella después de pasar un rato en la otra mitad donde todavía podemos vernos bien las caras. Es casi como repletarse de aire antes de nadar hacia lo hondo.

Con poca luz o con ninguna uno se esfuerza por encontrar las formas conocidas entre tanta silueta cambiante. La llama del quinqué tiembla y nos muestra de un modo muy distinto el mundo que creíamos conocer a fondo, el paisaje breve de la cocina con su naturaleza esquiva.

La sombra del gato sugiere el espinazo de un monstruo que se estira. Los pomos de boca ancha son peces mudos y otras cosas vivas que se acostumbraron a la calma del abismo. Me recuerdo de niño balanceándome sobre el regazo de mi madre en un sillón sobre la acera, una de tantas noches de apagón, durmiéndome rodeado de caras conocidas, con mis piernas como dos péndulos que trataban de esquivar a los mosquitos.

A este “romance a media luz” le falta, además de la luz, todo el romance. Hay una intimidad incómoda que se pega a la gente y a las cosas. Más que vernos nos adivinamos. Es irresistible la tentación de quejarse de todo, de culpar a cualquiera por lo que nadie hizo, de arremeter contra la Casa misma, embrujada o no.

Un manojo de cables, un manojo de nervios. Nos peleamos sin vernos, es más fácil, aunque la bronca transcurre a fogonazos cortos, porque nadie aguanta más tanta melancolía.

Pero al final pactamos tablas porque nos cae encima la vergüenza de saber que nos veremos las caras nuevamente, cuando vuelva la luz.




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