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Monday 23 September 2019
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La vena del gusto

Si te gusta la música de Sabina no hay modo de que te entre por la oreja el tal Bad Bunny, o eso creen algunos. La frase recuerda una declaración de principios, un manifiesto que refleja el sentir de cualquier víctima de los bocinazos de trap en plena calle.

Ante la mala música o la que no les gusta, los melómanos de pura raza sufren el estigma de su especialización: es el equivalente de obligar a un chef a comer en un restaurant de mala muerte.

Después de probar “faisán de la India” se le malcría a uno el paladar y sabe rancio cualquier menú cargado de violencia, sexismo y lenguaje obsceno servido por los monigotes fabricados por la industria musical, tan de moda.

Pero hay una extraña subespecie humana de gente flexible, adaptable en extremo, que sabe encontrarle el punto medio a casi todo: son los que por la mañana escuchan a Mozart para estudiar, se sumergen en la lírica de Silvio Rodríguez en la tarde y esa misma noche se sacuden el estrés meneando la anatomía con lo más “pegáo” del “Conejo Malo”.

Si tomamos como referencia la frase del físico Stephen Hawkings “la inteligencia es la capacidad de adaptarse a los cambios”, entonces esos bichos cada vez menos raros son la “crème de la crème” del intelecto humano.

Quienes no evolucionaron con tanta agilidad sufren por la oreja cuando son sometidos en el espacio público a escuchar la banda sonora elegida por alguien más, a menudo un completo extraño, para amenizar el día.

Hoy, acaso más que nunca, se viola el espacio del otro, su paisaje sonoro, su derecho al silencio, su intimidad auditiva. Claro, cuando el volumen es excesivo, incluso deja de importar lo que te gusta en materia de música, porque hasta la Novena de Beethoven incomoda si se le reproduce demasiado alto…, pero esa es otra historia.

La música vulgar, dígase ruido, parece llegar desde todas partes y hay quien opta, fatigado, por hacer ningún caso de la letra que ofende y rendirse a su ritmo pegajoso, bueno para menear el cuerpo y dejar la mente inmóvil.

Son legión quienes se dejan arrastrar por la corriente, como el camarón del dicho, e incluso cambian sus gustos para “entrar en caja”, para no desentonar.

La polémica está lejos de agotarse, pero nuestro Martí, siempre lúcido, nos dio una pista desde su tiempo: “Para la gente común, su poco de música común, porque es un pecado en este mundo tener la cabeza un poco alta que la de los demás, y hay que hablar la lengua de todos, aunque sea ruin, para que no hagan pagar demasiado cara la superioridad. Pero para uno en su interior, en la libertad de la casa, lo puro y lo alto”.




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