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Monday 23 September 2019
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Aimeé, “la dueña” de los libros copiadores

De pie, atenta, inmóvil en una esquina, como para pasar desapercibida se mantuvo Aimeé, pero fue imposible.

“Aimeé Abreu es “la dueña” de los libros, conoce de ellos cada detalle, la hojita que se rompió, la que está rayada, por eso fue fácil hacer el expediente, porque Aimeé lo conocía todo”, comentó Marcia Brito, directora del Museo Farmacéutico de Matanzas, durante reciente oficialización de la inscripción del fondo documental Libros de asentamiento de recetas en el Registro Nacional del Programa Memoria del Mundo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Desde el año 2007 trabaja Aimeé como técnico de inventario en la otrora Botica Francesa de Ernesto Triolet, Monumento Nacional, entonces se consagró al estudio de los volúmenes que recogen en sus páginas las fórmulas que diariamente se elaboraban en la farmacia.

El fondo documental Libros de asentamiento de recetas incluye 61 tomos, de ellos 55 de la Botica Francesa de Ernesto Triolet, dos tomos pertenecientes a la Botica Nuestra Señora de Regla, y cuatro de la San Rafael; la información que ofrecen en conjunto abarca el período comprendido entre agosto de 1873 y enero de 1964.

Explicó Aimeé que su tarea no es solo el control de los objetos patrimoniales, no es solo saber dónde están, también requiere el llenado de un modelo con la descripción para lo cual hay que involucrase con la información que contienen los libros.

En los volúmenes aparecen anotados el número de la fórmula, su composición exacta, el precio, el apellido más conocido del médico que la ordenaba, la fecha, y en algunos casos el nombre de la persona o institución para quien se preparaba el medicamento, explicó Abreu.

Se identifican indicaciones realizadas por prestigiosos doctores como los pertenecientes a la familia Font, de arraigada tradición médica en la provincia de Matanzas, y Carlos Juan Finlay, descubridor del vector de la fiebre amarilla, pero también contienen anotaciones de otras incidencias curiosas como la pérdida y luego aparición de una bicicleta, o un mensaje de felicitación por la conclusión del año 1882 y el comienzo del 1883.

En el Museo Farmacéutico de Matanzas parece que el tiempo se detuvo, todo permanece en el mismo sitio que en los años de funcionamiento de la Botica Francesa de Ernesto Triolet, todo está en orden y limpio pero no para hacer brebajes o ungüentos, sí para aprender del pasado, para contemplar su herencia y respetarla.

En medio del silencio solo quebrantado por la voz de los visitantes o trabajadores, o el pasar de los automóviles por la calle de Milanés, son los libros copiadores la prueba de un pasado activo y útil en la Botica Francesa; todos tienen aproximadamente 700 páginas, todas todavía útiles por el conocimiento que abrazan, y quién lo dude puede preguntarle a Aimeé, la que conoce de ellos hasta la hojita que se rompió.




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