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Monday 23 September 2019
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¡Inmortales!

Ercilio toca los huesos con respeto, sus gestos tienen una naturalidad que espanta el morbo cuando aparta cráneos del montón, los ordena encima de una sábana blanca extendida sobre un banco para interrogarlos mejor mientras su mente de ordenador archiva las respuestas.

“El hueso es un libro abierto: nos dice todo”, comenta el prestigioso antropólogo y médico forense. Revueltos, muy revueltos, llegan a sus manos los restos fúnebres de los veteranos de las guerras por la independencia de Cuba que reposan desde 1916 en el Cementerio de San Carlos Borromeo, en la ciudad de Matanzas.

Calaveras sin dientes, dientes sin calaveras, fémures de hombres altos y una pelvis de apariencia femenina, pedazos de gente, algunos sólidos todavía y otros deshaciéndose al más leve roce son exhumados del nicho bajo la capilla sin cruz donde descansan unos 200 mambises custodiados por un ángel de mármol de Carrara.

Lo que va saliendo del osario llenando el aire de un polvillo fino contrasta con la exclamación grabada en la piedra a los pies de la figura andrógina del mensajero con alas: “¡INMORTALES!”

Entre las sombras del nicho hay algo que se mueve, vivo: un hombre enfundado en un traje de protección blanco, con mascarilla y guantes de látex amarillos, que parece sacado de un reportaje televisivo sobre la lucha contra el ébola en África. Sus manos traen a la luz, por vez primera en más de 100 años, lo que queda de aquellos guerreros valerosos.

Ercilio Vento, el Historiador de la Ciudad, recorre en largos pasos el interior de la capilla octogonal que, a su juicio, tiene cierto aire esotérico debido a su forma, cierta conexión con los Templarios. El sabio va de las nuevas cajas de plástico donde se colocan los huesos hasta las tarjas verticales que recogen los nombres de los soldados de la Patria. Casi se puede escuchar cómo funciona el mecanismo de su cerebro medio digital medio analógico mientras baraja las suposiciones, acomodándolas a los hechos.

Afuera hace un día precioso de febrero, ni frío como los anteriores ni demasiado cálido, perfecto para un paseo matinal, aunque un extraño viento se deja sentir poco antes de que el equipo comience su trabajo.

Miguel Ojito, un artista restaurador que colabora con la Oficina del Conservador de la Ciudad de Matanzas, se las arregla para estar en todas partes: participa en la extracción de escombros y cajas de metal del osario, dialoga con Vento o con otros miembros del equipo, repara los cables de una extensión eléctrica que permitirá iluminar el interior del nicho con un foco LED…

“Aquí se abre una puerta”, dice Ercilio al significar que la labor para dignificar la memoria de quienes reposan en el Panteón de los Inmortales apenas comienza. Es un gran paso la recuperación de sus restos que serán pronto devueltos al sitio una vez restaurado, con todos sus honores.

En una misma caja hay huesos de dos y más personas. Saber a ciencia cierta quién es quién parece una tarea difícilmente realizable. Ercilio identifica algunos de “filiación ancestral africana, que es como se debe decir”, entre la mayoría de “filiación ancestral europoide”. Sospecha que una pelvis encontrada pertenece a Juana Valdés o Luz Noriega, las dos únicas mujeres inhumadas aquí según revelan las listas de mármol.

“Estoy buscando entre lo que salga a ver si hay algún chino, porque los hubo en la guerra”, es una de las pistas que ofrece el propio Vento sobre sus indagaciones. Cada movimiento del equipo es documentado, fotografiado. Copos del fino polvo blanco se asientan sobre el objetivo de la cámara y hay que sacudirlo constantemente si se quiere lograr alguna instantánea que valga la pena al final de la jornada.

Es casi mediodía. El número de cráneos sobre la sábana blanca ha crecido y no dejan de llegar más. Dispuestos en apretadas filas sugieren la marcialidad que debió distinguirlos en vida. Ya habrá tiempo de estudiarlos con más detalle, de saber filiación ancestral, sexo, grupo etario, estatura…
Ercilio está unido a este camposanto por vocación: “aquí empecé como ayudante de forense cuando tenía 13 años”.

Como no tiene pelos en la lengua denuncia que este cementerio del siglo XIX, segundo de Cuba en extensión y el tercero en importancia patrimonial, sufrió y sufre en silencio la depredación humana.
“Me permito decir esto porque me duele y me solidarizo con quienes lo han padecido…no existe una cobertura en el código penal cubano que sancione con suficiente fuerza ese tipo de vandalismo”, se lamenta.

Después de explicarle pacientemente al “cuarto poder” algunas claves sobre cómo funciona su ciencia que parece magia, vuelve a lo suyo. Los restos de mambises acabados de salir del seno de la tierra, devueltos a la luz, parecen tener algo que contar.




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