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Wednesday 13 November 2019
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El fusilamiento del gato mambí

En la Colonia, los españoles se identificaban con el gorrión y los cubanos con la bijirita. A cinco meses escasos del inicio de la Guerra de los Diez Años, un gorrión cayó muerto en la Plaza de Armas y los integristas más recalcitrantes decidieron hacerle un entierro patriótico.

Colocaron los restos del pajarito en un lujoso féretro que quedó emplazado en el Castillo de la Fuerza, donde los devotos oraron y sacerdotes católicos celebraron servicios religiosos.

Luego y con la participación del Capitán General, el ataúd se paseó por las principales calles habaneras antes de que fuera trasladado a ciudades del interior: en Cárdenas regaron arroz a su paso, en Matanzas se organizaron actos fastuosos en honor del pajarito muerto y en Guanabacoa, en Loma de la Cruz, se le ofició una misa de campaña. Lo enterrarían al fin en La Habana, el 27 de marzo del año mencionado.

Esto es muestra del fanatismo de los colonialistas y, en especial, de los voluntarios. Pero hay más de estas expresiones: en Guanabacoa un gato fue juzgado y fusilado cuando las autoridades llegaron al convencimiento de que tenía alma de insurrecto.

Con el espectáculo del entierro del gorrión en La Habana quedaron tan complacidos los españoles residentes en la villa de Pepe Antonio que decidieron proceder de la misma manera cuando, en sus predios, un gato, impulsado por su instinto de cazador, dio cuenta de un gorrión.

Pronto llegaron a la conclusión los españoles más retrógrados de la villa de que aquel gato tenía alma de mambí y que había cometido un crimen de lesa patria. Sin pensarlo dos veces ni medir las consecuencias de la barbaridad que cometerían, decidieron detener al felino e internarlo e incomunicarlo en el cuartel de caballería ubicado en la calle de las Vacas (después Jesús de Nazareno) esquina a Ánimas, fortaleza que había sido construida en 1803 y que ya en la República fue sede del cuartel de bomberos y del tercio de la Guardia Rural.

Allí el gato fue sometido a consejo de guerra y ese tribunal lo condenó a la pena de muerte por fusilamiento. El secretario de la corte llegó a leerle la sentencia al felino y se dice que un sacerdote lo acompañó en sus últimos instantes para aconsejarle conformidad.

Aquel gato que había dado muerte al gorrión fue fusilado contra los muros del fondo del establecimiento cuartelario, mientras que el gorrión era inhumado en un nicho que se abrió especialmente para él en uno de las paredes de la fortaleza.

Se habían apagado ya los ecos de la fusilería cuando un catalán, hombre rico e influyente, se presentó en el cuartel a reclamar su gato. Era un partidario furibundo del régimen colonial y llegaba a recuperar a su mascota, ajeno como había estado del curso de los acontecimientos. Antes, había buscado al felino por todas partes hasta que se enteró que estaba preso.

Confió el catalán en que llegaría a tiempo. Pero no fue así. No tuvo más alternativa que la de presentar una reclamación para que lo indemnizaran por la pérdida.

Fuente: Filosofía de la Historia en Facebook




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