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Friday 22 November 2019
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Cuando la Feria fluye como el río

Como el río San Juan la Feria fluye, en un curso paralelo, un torrente de libros y de gente que embellece ese pedazo de ciudad reconquistado para todos: el paseo de la calle Narváez.

Pero, “¡¿cómo no hicimos la Feria del Libro antes aquí?!” Uno se lo pregunta medio segundo antes de recordar que esta calle fue hasta hace muy poco pura ruina antes de parecerse a una cinta gris, adoquinada, que le acentúa las curvas a la corriente de agua.

Yo no me canso de repetir que no es este, todavía no, uno de los recodos más bellos de Matanzas, la ciudad neoclásica de Cuba, la de los puentes y de los poetas, pero merece serlo.

La música, que es cómplice y no protagonista, suena en el fondo; el viento pone en movimiento las páginas de los libros y las cabelleras sueltas de las mujeres, acaso el doble de radiantes; el sol quema sin prisa y sin pausa y brilla en todo porque hace una tarde espléndida para gozar la playa de Varadero… y sin embargo la gente está a la vera del San Juan cazando libros.

Todos lo miran todo como si fuese nuevo y casi parece acabadito de nacer este rincón centenario al que olvidamos ponerle su cuota de amor durante demasiado tiempo. Es puro gozo ver cómo el matancero lo hace nuevamente suyo, lo coloca en su agenda, en su mapa mental, en su ruta, en su lista de cosas que valen la pena.

Niños inquietos como bancos de peces tropicales se cuelan por cualquier espacio entre la marea humana de todos los colores posibles que rodea las carpas calientes en este marzo con verano adelantado. Los artistas están en todas partes, como un ejército de alocadas e irreverentes hormigas/cirujanos que trata de coser las heridas del segundo Centro Histórico más extenso de Cuba.

Todo el mundo viene hoy a Narváez, en busca de libros para llevar, de comida a la carta, de arte con o sin etiquetas, de viento entre dulce y salado. Unos entran directamente a la Gruta del San Juan y se ponen las gafas 3D para recorrer algunos de los paisajes más maravillosos y remotos de una Cuba que no creían posible.

Ajeno al inusual jelengue citadino, un pelícano se lanza en picada desde el cielo azul a la corriente verde del San Juan, para luego dejarse mecer mientras saborea su presa.

Muchas piernas cuelgan desde el malecón de cemento, se balancean a pocos centímetros del agua quieta por donde pasa, de vez en cuando, algún bote de pesca que regresa de la bahía de Guanima. A Narváez vienen los que leen y los que no. Algunos solo quieren tirar su cable a tierra, comer algo, saciar la sed, hacer una pausa, robar un beso, fugarse hacia otro tiempo o hacia otro mundo por la puerta de un libro.




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