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Thursday 14 November 2019
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El despertador ruso

En el año 1967 del siglo pasado, yo, un mozalbete que recién finalizaba el Servicio Militar comencé a estudiar en la capital del país. En ese momento vivía en el municipio de Aguacate, antigua provincia Habana, al inicio daba los viajes diarios, algo que no era muy difícil porque existía la ruta 44 que cubría el tramo Aguacate-Habana y lo hacía con exactitud cronométrica.

La guagua tenía como punto final de su recorrido las calles Montes y Cárdenas, pero yo debía quedarme en la Virgen del Camino para tomar la 78 hasta la escuela. En aquel momento dormía poco por lo que aprovechaba la hora y media del recorrido para cabecear en el ómnibus.

Por el cansancio, el poco dormir y el estropeo de los viajes, más el tiempo extra dedicado al estudio fueron muchas las veces que pasé de mi paradero y llegaba hasta el final del recorrido, con el concerniente inconveniente que esto me ocasionaba. No es ocioso recordar que en esa época llegar tarde al estudio o trabajo era sancionado económica y moralmente.

Me hice el firme propósito de no quedarme dormido, pero el cansancio podía más que mi interés por lo tanto busqué un recurso para estar despierto minutos antes de llegar a la Virgen del Camino.

Si mi reloj biológico no respondía tenía que buscar uno mecánico, así fue que me compré un despertador ruso que me costó seis pesos, por cierto muy exacto y con una campana que despertaba hasta el propio Morfeo. Para enmendar la dificultad ponía el despertador 15 minutos antes de la llegada a mi destino. En esos tiempos se podía confiar en el horario.

Se podrá imaginar  lo que sucedía en aquel ómnibus cuando el estruendoso timbre sonaba, cada cual hacía sus propias conjeturas y varios emitían criterios, todos jocosos y respetuosos, algo que era común en mi generación. Nunca más me pasé de la parada.




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