Según pasan los años vamos acumulando fotos, documentos, cartas y recortes de periódico que forman parte de nuestras vidas, así se van llenando gavetas, escaparates y rincones. En su momento todo parecía necesario por su valor legal, sentimental o profesional.
Después viene una etapa donde queremos organizarnos y botar todo ese amasijo de papeles y cartulinas, entre otros materiales. Nos justificamos diciendo que puede ser hábitat para vectores, algo que no pensábamos cuando lo íbamos acumulando.
Hay una tercera etapa que llamamos de clasificación, esta es la que más demora porque comenzamos a releer documentos que conocemos bien y que no sabíamos dónde se encontraban, cada uno nos trae un recuerdo y comentarios adjuntos, que decir de fotos donde nos vemos más joven y rodeados de amigos, muchos de los cuales ya no están.
Recortes de periódicos que por alguna causa conforman el desorganizado archivo y que entre otros recuerdos constituyen parte de una crónica de época, por ejemplo una hoja de la sección cultural del periódico Girón donde mi amigo y colega Roberto Vázquez Pérez publica un comentario que tiene por título “Gustos que merecen palos”, relacionado con una tarea difícil de aquel momento: Ponerle el nombre al niño que estaba por nacer.
En el reverso de esa misma página otro amigo y Premio Nacional de Periodismo José Martí, el caricaturista Manuel Hernández, trata el mismo tema de los nombres, pero él lo hace desde la gráfica. También en la misma página aparece el texto de una canción del momento: Sueño de una noche de verano, de Silvio Rodríguez y por último una planilla-encuesta que se publicaba para seleccionar las seis canciones, nacionales e internacionales más populares de la programación juvenil de Radio 26.
Encontré entre tantos papeles una cuartilla con fecha 30 de noviembre del 1999, que me estremeció emocionalmente, fue la nota necrológica que escribió mi amigo Manolo García y se radió por la emisora provincial, cuando el fallecimiento de mi madre.
Llamativo es el recibo de la compra de un fogón de gas, marca Inpud, de cuatro hornillas y horno, fechada en marzo del 1978, equipo de gran calidad que todavía está como nuevo, pero lo más significativo es que entonces se pagó la hoy risible cifra de 225 pesos.
En mi archivo personal hallé un recibo de la excursión llamada la Vuelta a Cuba. Recuerdo que la reservación se hacía en el edificio donde está la tienda La Atenas de Cuba, en la calle Milanés y callejón de la Sacristía, en la ciudad yumurina. El paseo costaba 340 pesos e incluía ida en avión de La Habana a Santiago de Cuba, con regreso en ómnibus por diferentes provincias, durante siete días.
Así pudiera estar relacionando documentos, fotos y recuerdos que colateralmente sirven como crónica de tiempo pasado. Eso sí, vale para todos, porque de una u otra forma cualesquiera tiene en sus casas guardado parte de sus vidas y la misma indecisión mía: ¿Lo boto o no lo boto?






















