Search
Sunday 22 September 2019
  • :
  • :

Retamar en la sobrevida

Fidel junto a Roberto Fernández Retamar. Foto: tomada de la ventana
Fidel junto a Roberto Fernández Retamar. Foto: Tomada de La Ventana

Roberto Fernández Retamar fue, es y será esencialmente el poeta. Más de una vez confesó que la poesía le había dado razones para vivir. Desde la poesía llegó a sus grandes pasiones: Martí, Cuba, Nuestra América, la Revolución, la familia, el amor, lo mejor del género humano.

Solo un poeta pudo decir, casi al final de su existencia, en un ensayo con motivo del sexagésimo aniversario del triunfo de la Revolución cubana: «Volvamos a confiar en la Esperanza, que según Hesíodo fue la única que quedó en el vaso, detenida en los bordes, cuando todas las demás criaturas habían salido de él. En otros tiempos convulsos, tanto Romain Rolland como Antonio Gramsci mencionaron el escepticismo de la inteligencia, al que propusieron oponer el optimismo de la voluntad. Hace años conjeturé añadir a este último la confianza en la imaginación, esa fuerza esencialmente poética: la historia, dijo Marx, tiene más imaginación que nosotros».

Nunca Roberto dejó de estar a tono con la historia, es decir, con el tiempo y el lugar donde creció y actuó. Ya era un destacado, aunque todavía joven, intelectual cuando se entregó a plenitud a la tarea de construir un nuevo país. La fundación de la Uneac, la cátedra, la diplomacia, el trabajo en la Casa de las Américas iluminada por Haydée, el Centro de Estudios Martianos, las tareas políticas, la militancia en el Partido, el hacedor de revistas, el amante de la trova y el béisbol, el hogar compartido con la imprescindible Adelaida y sus hijas, todo a la vez integra la imagen de un hombre coherente y consecuente.

Había nacido el 9 de junio de 1930 en La Habana, donde sintió particular apego por el barrio en el cual se empinó, la Víbora. Por eso declaraba sentirse «viboreño». En un cuaderno escolar descubrió a Julián del Casal y su lectura influyó en la afirmación de una vocación que contaba, desde siempre, con el estímulo de haber accedido al misterio poético de José Martí. Comenzó a escribir en la adolescencia y publicó sus primeros versos en 1948, en la revista Mensuario. En 1950 Elegía como un himno, poema en cuatro partes editado por quien sería uno de los grandes cineastas cubanos, Tomás Gutiérrez Alea, se halla otra de las claves de su estirpe lírica: el culto a la memoria histórica. La composición está dedicada a Rubén Martínez Villena.

Hacia 1951 comenzó a colaborar en la revista Orígenes, ­vínculo que lo unió en lo ­adelante a dos ejemplares martianos como él, Fina García Marruz y Cintio Vitier. Mientras cursaba Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, casa de estudios en la que después por largo tiempo dictaría cátedra y llegaría a ser distinguido como Profesor de Mérito, recibió la noticia de la obtención del Premio Nacional de Poesía por el cuaderno Patrias. Viajó a Europa a mediados de los años 50 para realizar estudios de postgrado y ejerció la docencia en la prestigiosa Universidad de Yale, en Estados Unidos.

Entretanto, en México apareció su poemario Alabanzas, conversaciones, en su día saludado por su colega Luis Marré con estas palabras: «Roberto Fernández Retamar ha logrado en estos poemas su propósito, el de un poeta honrado, que no puede ser de otra naturaleza sino puro y desinteresado, ni otro que el ser leído con respeto, desde el primer poema hasta el último».

En 1959 aumentó su cosecha poética y comenzó un nuevo compromiso con la Revolución. Daba a la imprenta En su lugar, la poesía y Vuelta de la antigua esperanza, preludio de una década pródiga en la que sumó otros poemarios: Historia antigua, Con las mismas manos, Buena suerte viviendo y Que veremos arder. La experiencia combativa y solidaria con el pueblo vietnamita se reflejó en Cuaderno paralelo.

Con los años, hasta hace muy poco, larga y pródiga siguió siendo su entrega lírica, publicada en Cuba, traducida a una veintena de lenguas y reconocida en medio mundo, especialmente en América Latina y el Caribe. Una manera de intentar aprehenderla se halla en antologías como Algo semejante a los monstruos antediluvianos (1948-1988), Antología personal  (2004) y Una salva de porvenir (2012).

El ensayista y teórico literario que trazó pautas con La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953) e Idea de la estilística ensancharía su caudal con Ensayo de otro mundo y Para una teoría de la literatura hispanoamericana.

Otros importantes títulos en ese campo son Algunos usos de civilización y barbarie, Ante el Quinto Centenario, Nuestra América: cien años y otros acercamientos a Martí, Recuerdo a…, En la España de la eñe, Cuba defendida y Pensamiento de nuestra América. Autorreflexiones y propuestas. Una selección de su obra ensayística se puede encontrar en Para un perfil definitivo del hombre.

Díaz-Canel conversa con Roberto Fernández Retamar. Foto: Ariel Cecilio Lemus

-II-

Para introducir una compilación de textos de Roberto sobre Nuestra América, el politólogo argentino Atilio Borón afirmó: «Fernández Retamar, poeta, ensayista y minucioso explorador de todos los recovecos de nuestra cultura, ilustra con su vida y su obra la permanente vigencia de una categoría social que los intereses dominantes y las modas intelectuales de nuestro tiempo trataron infructuosamente de borrar de la faz de la tierra: la del intelectual crítico».

En efecto, esta dimensión del escritor no solo atraviesa cada palabra y acción suya, sino lo presenta como un paradigma del intelectual revolucionario.

Al repasar su repertorio ensayístico aparté Caliban (1971) y la saga de trabajos complementarios que fue desarrollando en años sucesivos alrededor del tema, pues en opinión de muchos ahí se concentra, como en sus tantas apasionantes aproximaciones a José Martí, el núcleo de sus contribuciones a un pensamiento descolonizador y antimperialista.

Para el filósofo argentino Néstor Kohan, ese ensayo «realiza una entusiasta defensa del intelectual militante, no simplemente crítico ni meramente ‘comprometido’, sino orgánico del movimiento emancipador revolucionario. Eso fueron precisamente José Carlos Mariátegui y Ernesto Che Guevara; nada diferentes a Simón Bolívar y José Martí, o José de San Martín y Mariano Moreno.»

Y como para no dejar dudas acerca de su vigencia, apunta: «Aquellos aspectos más disruptivos, iconoclastas e incluso chocantes que el recorrido atento de este ensayo permite entrever a un lector o lectora del siglo XXI, no fueron ‘errores’, ‘exabruptos’ ni ‘exageraciones’ personales de Roberto. Fue la Revolución cubana en su conjunto (…) la que se animó a atropellar contra el cánon de la cultura oficial, contra los estándares habitualmente tolerados por el arco de lo políticamente correcto, violentando en la teoría y en la práctica el horizonte de ese seudopluralismo pegajoso y del progresismo ilustrado y bienpensante con que, todavía hoy, se sigue asfixiando, neutralizando y aplastando toda disidencia radical. En el siglo XXI esa tarea, por más que suene ‘exagerada’ o genere crispación, permanece pendiente».

¿Hará falta subrayar que Roberto era guevariano hasta la médula, que lo tenía presente todos los días? ¿O que su modo de combatir con ideas se hallaba permanentemente impulsado por el ejemplo de Fidel, entrevisto por primera vez en los años universitarios cuando escuchó a «un joven inquieto y batallador, a quien se hubiera podido aplicar el verso martiano: ¿En pro de quién derramaré mi vida?.»

-III-

«Roberto Fernández Retamar es uno de los más significativos poetas de su generación. Es muy cubano, curtido por el árbol que golpea el árbol universal del conocimiento. Se esboza en él una alegría que marcha acompañada del destino opulento del cubano, del cubano mejor, que es universalmente sencillo». Así lo describió, al observar su ascendente trayectoria poética, José Lezama Lima.

La poesía coloquial alcanzó con él una altura indiscutible entre nosotros. En sus poemas, signados por el máximo rigor, hay de todo y para todos. Cada lector puede hacer su propia antología personal. Ahora mismo se me ocurre revisitar Felices los normales, por  su carga humanísima; o Los feos, una manera de mostrar el otro lado de la belleza; o Con las mismas manos, singular abordaje de la cotidianidad en medio de la vocación transformadora revolucionaria; o el ine­fable Oyendo un disco de Benny Moré, como para tener en cuenta en estos días próximos al centenario del formidable músico.

Pero también vuelvo a estremecerme con ¿Y Fernández?, evocación de la figura paterna que clasifica como uno de los grandes textos elegíacos de la lírica de nuestro tiempo.

Siempre habrá que regresar a esos versos escritos el primer día de enero de 1959, a los que tituló
El otro: Nosotros, los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida? / ¿Quién se murió por mí en la ergástula, / Quién recibió la bala mía, / La para mí, en su corazón? / ¿Sobre qué muerto estoy yo vivo, / Sus huesos quedando en los míos, / Los ojos que le arrancaron, viendo / Por la mirada de mi cara, / Y la mano que no es su mano, / Que no es ya tampoco la mía, / Escribiendo palabras rotas / Donde él no está, en la sobrevida?

En la sobrevida de Roberto estaremos todos. Los que fuimos sus contemporáneos y los que accederán a él mañana.



Radio 26 es la emisora provincial de Matanzas, planta matriz de la cadena de radio de nuestra provincia cubana. Está ubicada en la capital matancera, en la calle de Milanés esquina a Guachinango, en las alturas de esta bella ciudad rodeada por el valle Yumurí y la bahía de Matanzas. Twitter: @radio26cu Correo: emisora@r26.icrt.cu


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mostrar Botones
Ocultar Botones