Rubén Darío Salazar en el Centro Internacional de Títeres de Tolosa, España. Fotos: Cortesía del entrevistado

Rubén Darío Salazar en el Centro Internacional de Títeres de Tolosa, España. Fotos: Cortesía del entrevistado

He sido espectadora de primera fila de Teatro de Las Estaciones en sus 25 años de trabajo. Por esa razón conversé con Rubén Darío Salazar Taquechel para indagar en sus valoraciones sobre el camino recorrido, para saber cómo imagina el futuro de una agrupación paradigma del teatro cubano.

¿Cuáles fueron los principios fundacionales de Teatro de Las Estaciones? ¿Cómo gravitan, 25 años después, en la labor cotidiana del grupo?

La fundación de Teatro de Las Estaciones fue un hecho circunstancial. Fue una petición del Consejo Provincial de las Artes Escénicas (CPAE), en medio de los acontecimientos sociales acaecidos en la Isla en 1994. Yo había dirigido junto a Zenén Calero algunos espectáculos musicales en el Teatro Sauto (dos recitales de Alfonsito Llorens y su grupo y uno con el cantautor Raúl Torres y el grupo Tablas). Mercedes Fernández, presidenta del CPAE en Matanzas por ese entonces, y Cecilia Sodis, la inolvidable directora del Teatro Sauto, me pidieron preparar un montaje para los niños y niñas que vivían aquel verano cálido y convulso en la ciudad de los puentes. Enseguida pensé en mi formación universitaria en el Instituto Superior de Arte de La Habana (ISA). Una amalgama de manifestaciones mezcladas y contaminadas para bien. Los teatristas con los de danza, con los de música y plástica, sin olvidar a los de la Escuela Nacional de Circo, que quedaba cerca. Eso fueron los principios fundacionales de Las Estaciones, la mixtura de las artes. Invité a los grupos teatrales profesionales y aficionados existentes en la capital provincial, Teatro Papalote, Teatro El Mirón Cubano, Danza Espiral y su Taller Infantil, los niños ganadores del concurso Cantándole al sol, actores aficionados, músicos profesionales, titiriteros de La Habana e integrantes del Circo Nacional de Cuba. En esa composición multidisciplinaria destacaban los títeres. Esa pluralidad cultural es la que, 25 años después, gravita sobre el grupo. Una fusión que se ha enriquecido y fortalecido año tras año, hasta convertirse en poética escénica y humana.

Muchos caminos ha recorrido Teatro de Las Estaciones. ¿Quiénes son las personas, los sucesos, los encuentros que más han influido en la trayectoria de la agrupación?

Mercedes Fernández y Cecilia Sodis fueron fundamentales en la arrancada, ya lo he dicho, y el pequeño equipo que desde Teatro Papalote se sumó conmigo a varias actividades de la cultura en la provincia. El actor Freddy Maragotto, Arneldy Cejas, que en ese entonces era tramoyista, la entusiasta Melba Ortega, actriz aficionada, y el diseñador escénico Zenén Calero, también de Teatro Papalote como yo, él ha sido una persona imprescindible en todo lo que vino después, en lo que somos hoy. La coreógrafa y bailarina Liliam Padrón, el doctor José Antonio Méndez, director del Coro de Cámara de Matanzas, Enrique Pérez Mesa, director de la Orquesta Sinfónica de Matanzas y la compositora y directora coral Celaida Menéndez (Maricusa). Ese fue el núcleo de personas que en 1994 agitaron y avivaron mis sueños. Luego sucedió mi encuentro con Dora Alonso, en 1996. No fue una colisión, fue el descubrimiento de la belleza de lo cubano y de la autenticidad hecha persona. Nos presentó a Pelusín del Monte, títere nacional de Cuba, desde sus propias vivencias. Fue amiga, consejera e incentivo espiritual para nuestro trabajo. Falleció en 2001, y confieso que el golpe fue menos demoledor porque, justo un año antes, habíamos conocido a Carucha Camejo, una de las pioneras del  teatro de títeres profesional cubano. Ellas dos fueron personalidades definitorias en la trayectoria de Teatro de Las Estaciones, el parteaguas de nuestra creación.

                                                      Rubén Darío Salazar junto a Carucha Camejo en Nueva York, en el año 2000.
El dramaturgo Norge Espinosa y el músico Raúl Valdés están entre los artistas que no solo influyeron con sus textos y partituras, sino que ayudaron a definir el concepto de nuestra producción para niños y adultos, un teatro de arte para todos. El encuentro con la soprano y compositora Bárbara Llanes, mujer inteligente y exquisita, con la pianista y también compositora Hilda Elvira Santiago, una joya de la música matancera y cubana. Súmensele nuestros diálogos amistosos con Carlos Díaz y su Teatro El Público, Carlos ha producido algunas de nuestras puestas en escena, además de darnos lecciones de persistencia y amor a la profesión. Los intercambios con las compañías Títeres Etcétera, de Granada, y Teatro Arbolé, de Zaragoza, en España. Teatro SEA, de Estados Unidos-Puerto Rico, Fernan Cardama, de Argentina, Baúl Teatro, de México, Títeres Gira-sol, de Uruguay. Todas nos han enseñado e influido desde sus propios encuentros y desencuentros, allanando un poco los nuestros. Cómo negar las influencias de la Compañía de Philippe Genty y Papier Theatre, de Francia; Gioco Vita, de Italia; Joan Baixas, de España; Román Paska, de Estados Unidos; XPTO, de Brasil; o Ilka Schombein, de Alemania…; la lista se engrosa con buena parte de colegas de la Isla, gente maravillosa que se ha convertido en nuestra familia.
                                                           La obra La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón.

El colectivo presenta hoy rostros jóvenes. ¿Cuáles son los requisitos para ser parte de Teatro de Las Estaciones? ¿Cómo transcurre el diálogo generacional en la intimidad del grupo?

Nunca llegamos a conocer del todo las agendas ocultas de las personas, pero de lo que uno logra reconocer o intuir a primera vista, me quedo con el requisito de que sea una buena persona, con un sentido humanista de la vida, mente plural y alma sensible. Que no tenga complejos de inferioridad o una autoestima descolocada para bien o para mal, pues personas así pueden acabar con la armonía interna de un colectivo. Esas características positivas me interesan más que el talento. Quien tiene vocación, pasión, respeto por lo que hace y tiene sentido de grupo ya tiene el 60 % de los requerimientos para ser parte de Teatro de Las Estaciones. Las condiciones artísticas se pulen, se trabajan y se enriquecen. Si a la humildad unimos la inteligencia y la conciencia de que uno nunca sabe lo suficiente en esta vida, y que hay que escuchar de todo y a todos, ya tienen el primer pie en la tropa del sol y la luna.

Los diálogos generacionales en Las Estaciones transcurren de acuerdo con las características humanas y artísticas anteriores. Si la convivencia cotidiana en una familia de lazos sanguíneos verdaderos es delicada y complicada, no lo es menos en un conjunto de creadores. Nadie es perfecto. Son muchas las luminosidades y oscuridades que acompañan a un ser humano. Cuando se lidera un grupo hay que saltar por encima de diferencias e igualdades, debilidades y fortalezas para llegar a los destinos de nuestros proyectos. La vida aparta del camino trazado a quienes conciben vuelos bifurcados. Buen viento para ellos. Nosotros seguimos en lo nuestro. Hacia la luz.

                                                     Obra Canción para estar contigo, de Teatro de Las Estaciones. Foto: Uneac

El repertorio de Teatro de Las Estaciones revela amplitud en la mirada, capacidad para el riesgo artístico, sedimento investigativo, deseo de dialogar con los espectadores del siglo XXI. ¿Cómo eligen la obra a representar?

Vivo mi vida teatral en la calle. No soy de esos directores que exigen a sus actores una pureza en los gustos y experiencias que para mí no existe. Leo la prensa, veo la televisión, oigo el radio, converso con niños, jóvenes y adultos, con obreros e intelectuales. Lo que hago en el teatro no es para saciar desmedidamente mi ego. No me gustan las historias cripticas sino las sugerentes, avivadoras de la ilusión y el optimismo, lo que no quita que deje de enfrentar de manera crítica lo mal hecho. Ser crítico es una condición intrínseca del teatro de títeres, personajillos irónicos que ríen, lloran, dicen palabras duras y líricas. La elección de la obra a representar no obedece ni a un método ni a una fórmula. Esa búsqueda está en lo cotidiano, puedo incluso planificar un título, un tema y cambiarlo por azares de la inspiración o la necesidad.

Teatro de Las Estaciones ha generado un modelo de gestión y promoción del universo titeril que incluye presentaciones de obras, eventos, publicaciones, galería, centro de información, talleres de formación, intercambio con colegas de otras latitudes. ¿Por qué es necesario para ustedes concebir tal cúmulo de acciones?

En esta respuesta vuelve a aflorar mi tiempo en el ISA entre 1982 y 1987. ¿Cómo, después de escuchar en las aulas a Graziella Pogolotti, Rine Leal, Nicolás Dorr, Francisco López Sacha, Flora Lauten, Vicente Revuelta, Armando Suárez del Villar, Ana Viñas o Sonia Pérez Biotte, se puede pensar en el teatro como un oficio donde se ensaya, se estrena, se realizan las funciones y ahí termina todo? El Superior de Arte nos enseñó a pensar en el teatro como un compendio de posiciones donde se implican no solo las habilidades físicas y emocionales, sino las intelectuales e ideológicas. Fuimos preparados para generar un mundo de sensaciones y propuestas alrededor del hecho dramático. Soy fiel a esa enseñanza. Compartir lo que aprendí, promocionar la labor de otros, rescatar nuestra historia, descubrir aristas desconocidas de nuestra profesión y patrocinar acciones pedagógicas y prácticas que engrandezcan la profesión que elegimos, me llena de gozo y esperanza. El cúmulo de cosas no es lo importante, sino lo que genera esta multitud de aprendizajes e intercambios con los demás.

                                                    Obra Pinocho, corazón madera, 2011

¿Cómo sueñas el futuro de Teatro de Las Estaciones?

Soy un soñador con los pies bien puestos en la tierra. Me gusta soñar con imposibles posibles, trazar bien las estrategias de lo que ansío personal y artísticamente, dejarle a la espontaneidad solo lo necesario. No creo en los golpes de suerte, ni en los susurros del destino. Voy hacia este bien preparado. Nuestro futuro se construye en el presente, cada día, en cada paso, en cada gesto trazado en el aire, afincado en la mente, asentado en el pecho. El futuro es ahora mismo, está en las aulas de la Unidad Docente Carucha Camejo que abriremos, en los libros que están al salir a la luz, en la edición 14 del Festitaller Internacional de Títeres de Matanzas en 2020, en el próximo estreno de Teatro de Las Estaciones. Estoy lleno de futuro, vivo en él.

Tomado de la revista cubana La Jiribilla