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Monday 16 December 2019
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El niño Pablo me salvó

Sus padres la veían como médico, ingeniera, querían otra carrera para ella, sin embargo, desde niña María Isabel Medina sintió que quería ser actriz. Cerraba los ojos y ya estaba en el teatro, lo mismo actuando que cantando. También soñaba con conocer artistas, aunque no era capaz de explicarse de dónde había nacido esa pasión, porque vivía en medio del campo, en el municipio de Colón, en un pueblo llamado San José de los Ramos, 18 kilómetros adentro.

“Vivía totalmente alejada del mundo del arte, y no obstante, no había sketch en la escuela en que no participara, matutinos, me la pasaba en la casa de cultura… Era líder, payasa por naturaleza, me disfrazaba, cantaba sin parar, siempre andaba inventado, repitiendo todo lo que veía en la tele, en las películas… Siempre lo tuve claro, aunque sabía que en San José de los Ramos no iba a ser tan fácil. Por suerte, en todo momento encontré el apoyo de la casa de cultura, de los instructores de arte… Cuando recuerdo aquella etapa me descubro feliz, muy feliz”, le dice a JR esta supertalentosa muchacha matancera quien, recibió el Premio Nacional de Interpretación Adolfo Llauradó —uno más los muchos regalos que le ha entregado a Teatro de las Estaciones en sus cumpleaños 25—, que otorga la Asociación Hermanos Saíz (AHS), en la categoría de Mejor Actriz de Teatro para Niños, gracias su protagónico en Retrato de un niño llamado Pablo.

“Cuando llegó el momento de estudiar actuación no pude, me lo prohibieron. Entonces renuncié a mi preuniversitario para presentarme a la convocatoria para instructores de arte. Soy de la primera graduación. Cumplí mi servicio social y después de una misión en Venezuela, el maestro René Fernández me llamó para que trabajara con él en Teatro Papalote. Más tarde me vincularía a Teatro El Portazo, encabezado por Pedro Franco; y luego a Las Estaciones, bajo la dirección de Rubén Darío Salazar”.

—Evidentemente te rebelaste en casa…

—Sí, fue difícil oponerme a la familia. Después me entendieron y lo asumieron; se dieron cuenta de que si no era ese el camino, no sería feliz. Me puse tensa, incluso dejé de comer, hice como una huelga, cosas de adolescentes. Recuerdo que un día me tiré en el sofá y dije: «Yo no voy a ser otra cosa que artista, así que miren a ver», y mi papá decidió apoyarme: «Bueno, si es lo que tú quieres, vamos a ver cómo podemos hacer». Pero ya era tarde para presentarme a las pruebas de la ENA. Después disfruté mucho el trabajo con los niños, que me fascina, la escuela, de veras».

—Entonces Teatro Papalote se convirtió en tu primera gran escuela.

—Debo decir que mi primera experiencia más profesional fue con Pedro Vera. En Unión de Reyes él organizó un taller con los instructores y comenzó a montar varias obras con nosotros. Luego en Venezuela me encontré con René Fernández, quien me abrió las puertas de Papalote. Dirigida por el maestro, Premio Nacional de Teatro, estuve en Carildeando, que se le dedicó a Carilda Oliver Labra; en Mágicas narices rojas, un espectáculo de payasos; y Macbeth. Después vino la etapa de El Portazo, con obras como Semen, Antígona y CCPC. Justo en ese período empecé a colaborar con Teatro de Las Estaciones, colectivo donde me hallo permanentemente.

—¿Cómo contribuyó a tu formación como actriz cada una de esas maneras de asumir el teatro?

—Bueno, empecé muy mal, porque no tenía una formación actoral, sino más bien pedagógica: la profesión de instructores de arte te prepara para instruir a niños y adolescentes. Aunque mi especialidad es teatro, me faltaban herramientas, me vi obligada a comenzar a formarme, a trabajar con la voz, a entrenar mi cuerpo; a desarrollar y asumir un personaje, a pensarlo. Ese aprendizaje se fue sumando por el camino. De hecho, todavía estoy aprendiendo, creo que me falta mucho. Mi ENA y mi ISA las he pasado en estos magníficos proyectos que me han recibido con los brazos abiertos, que han confiado en mí, en mi capacidad para no dejar de superarme.

—¿No has pasado la academia entonces?

—No, mi academia ha sido esta, la de Rubén Darío Salazar, la de Pedro Franco y la de René Fernández. He tenido que trabajar muy duro, aprovechar cada segundo al lado de ellos, intentando absorber sus experiencias, sus enseñanzas, para ir dándole forma a mi carrera como actriz.

—Como bien has dicho, Las Estaciones ha sido tu última casa…

—Las Estaciones me dio la bienvenida en 2014 y una gran oportunidad con Cuento de amor en un barrio barroco: un espectáculo muy alegre en el que había que cantar pregones, bailar, desempeñarse en el mundo de las figuras. Yo todavía estaba muy verde, pero Rubén estaba convencido de que lo podía lograr. Con paciencia puso en mí su iluminada sabiduría, me dio su apoyo total y muchas herramientas para que pudiera enfrentar este reto. Rubén ha sido mi maestro, me ha ampliado los horizontes. Él ha ido cerrando todas las puertas que se habían ido quedando un poco abiertas.

“Después de Cuento de amor en un barrio barroco, me involucré en el remontaje de Los zapaticos de rosa, un trabajo también difícil: me tocó aprender a decir los versos de Martí. En este caso, la ayuda, la guía de Fara Madrigal, quien antes había interpretado el mismo personaje, resultó fundamental también. Alicia en busca de un conejo blanco constituyó otro desafío, como siempre sucede con las representaciones que enfrenta Las Estaciones. Cada montaje te exige más y más. En Alicia en busca… me tocó hacer cinco voces, y arreglármelas con las figuras y con las sombras.

“También del Apóstol, Los dos príncipes me obligó a crecer como actriz. La Pastora es un personaje muy complejo, lleno de sutilezas. Exigió asimismo que perfeccionara más la manipulación de títeres planos y la técnica de la sombra…”.

—Todavía se aplaude tu desempeño protagónico en Retrato de un niño llamado Pablo.

Retrato de un niño llamado Pablo me ha traído muchas alegrías. Hablo de ese espectáculo y no puedo evitar emocionarme. Llegó en un momento muy complicado de mi existencia en que me diagnosticaron diabetes mellitus, me puse seca, y tuve que dejarlo todo, solo me quedé con Teatro de Las Estaciones, este grupo emblemático de teatro para niños en Cuba que anda celebrando sus primeros 25 años, y ese proyecto. Así que dediqué todas mis energías al personaje de Pablo, que exigía una entrega total, tanto por las técnicas que debía dominar (títeres planos, la máscara, el bunraku…), como porque estaba presente en todos los momentos de la obra.

“Durante la puesta en escena debía venir por las mañanas a los ensayos con el grupo y luego hacer horas extras con Rubén, porque él no quería que la voz de Pablo se pareciera a las de Los dos príncipes. Hubo que trabajar muy, pero muy duro, pues además había que actuar de una manera orgánica, natural; cantar, interpretar con todas las intenciones las coreografías de Yadiel Durán…

“Fue una experiencia extenuante, pero maravillosa en todos los sentidos. Se trata de la versión que hiciera Rubén Darío del cuento Pablo, ¿qué te pasa?, de la catalana Carmen Fernández Villabol, con ese diseño fabuloso de muñecos, vestuario, escenografía y luces a que nos tiene acostumbrados Zenén Calero. Una obra que me ha dado la oportunidad de sentirme en el escenario segura de que nací para vivir en él, compartiendo esa felicidad junto a María Laura Germán, Iván García, Roberto Águila (a veces en su lugar Javier Martínez o Alejandro Castellón), Arlettis González, Lucelsy Fernández y, por supuesto, Rubén. Sin excepción, fabulosos.

“Sí, Pablo fue mi salvador. A veces pienso que tal vez estoy exagerando cuando lo digo, pero en ese momento de mi vida me aferré a él con todas mis fuerzas. Como a mis personajes anteriores, le puse todo el amor, pero te juro que me hacía luchar por lo que quería. Esa era, precisamente, su sicología: no permitir que le arrebataran sus sueños. Pablo deseaba ser cosmonauta y lo iba a conseguir a toda costa. Un día, mientras trabajaba en el montaje, me di cuenta de que yo estaba en la misma posición.

“Pablo me procuró asimismo mi primer premio. Estoy muy contenta por eso, porque llegó con este personaje que adoro y que adoré desde el primer momento, porque llegó en el momento necesario, justo: me había sacrificado mucho y de repente recibía los frutos. Ahí estaba la evidencia de que había alcanzado una madurez como actriz, y de que no me había traicionado el instinto cuando decidí escuchar solo a mi corazón”.

—¿Cómo te ves en lo adelante?

—Quiero seguir trabajando en el teatro, formándome como actriz. Estoy consciente de que aún me falta mucho. Quiero que cuando transcurran los años y me toque hacer un balance pueda decir: no he escatimado amor para mi trabajo y he logrado entregar una obra que quedó en la memoria de la gente, que pude interpretar personajes entrañables como mi niño Pablo

Tomado de Juventud Rebelde



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