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Friday 13 December 2019
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Servir: una manera de amar

El rostro apacible y lastrado por los años, una sonrisa en los labios y una mirada paternal. Así esperaba este abuelo en la parte de afuera de la terminal de Colón la salida del camión para Matanzas. Comenzó un pregón con voz suave y melodiosa anunciando la proximidad de la partida. Estábamos por salir y el abuelo, lleno de energías, continuaba convocando a los pasajeros que lo acompañarían en su viaje.

No tardaron dos jóvenes en mirarlo con desprecio y burla, mandarlo a callar con un chchch…! a sus espaldas y murmurar jocosamente sobre la “locura” del anciano. Se trata de un “loco” que ama la vida a pesar de sus muchos años, juzgado por los “cuerdos” de este episodio donde la frialdad y el desamor son naturales.

Los acontecimientos de este tipo no son aislados. Es común que ya algunos no quieran a “sus viejos”. Olvidan tal vez la foto en que los llevan en brazos cuando eran niños, el día en que cambiaron sus pañales y concluyeron la escena con un beso en la frente, aquella comida deliciosa como solo una abuela sabe hacer o el abuelo que antes de salir nos llamaba bajito para compartir el talco y el perfume.

Al cambiar la posición del catalejo cabe preguntarnos: ¿estamos retribuyendo tanto amor y dedicación?, ¿qué hubiera sido de cada persona si a sus padres les hubiera dado pereza limpiarle cuando se ensuciaba o cantarle para que durmiera su siestas plácidamente?

Aunque la responsabilidad del comportamiento humano en los primeros años de vida recae sobre la familia, una vez que crecemos vamos concientizando qué nos hace mejores y qué nos demerita. Cuidar a los abuelos es una cuestión de disposición, de actitud.

Atender a un anciano no es tarea fácil. En ocasiones resulta difícil ser amable ante su comportamiento inapropiado, asimilar su creciente necesidad de ser ayudado. Pero el servicio es una labor de entrega, no de recibimiento; es dejarse un poco a uno mismo y enfocarse más en el otro; es una postura consciente y requiere perseverancia para hacerlo cada día mejor.

No obstante, tampoco es algo inalcanzable. Pequeños gestos  pueden construir, paso a paso, ese comportamiento. Con un sencillo “buenos días”, le estamos cuidando. Cuando le preguntamos cómo se siente, también le cuidamos. Si le alcanzamos un vaso de agua o deseamos que pruebe esa comida que tanto nos deleitó, o le damos la mano al cruzar la calle…, cada gesto de atención hace que se sientan amados.

Sus días son más felices cuando perciben que su presencia es significativa, cuando lejos de causar problemas, provocan alegrías y gratos recuerdos.

Es necesario preservar la integridad de la memoria viva, ponderar la existencia de nuestros abuelos por medio de un amor práctico, manifiesto en el deseo de servirles cada día.




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