Juguemos a leer

De niña tuve una edición mágica de La Edad de Oro que nunca olvidaré. De formato grande, carátula dura y páginas bañadas de colores aquel libro despertaba mi curiosidad a tal punto que mamá debía a veces esconderlo para que no lo rompiera.

Era demasiado pequeña para leer, pero mi pasión por los libros ya estaba latente. Quizás por eso hoy me preocupa que tantos jóvenes y niños sumidos en el seductor mundo de la tecnología no sean nunca capaces de apreciar el tesoro de la literatura.

Juegos digitales y videos roban espacio al olor de las páginas nuevas capaces de llevarnos a otras tierras en una fuga inevitable a lo desconocido. Inquieta que muchos padres no limiten el espacio de juego de sus hijos con todo tipo de equipos tecnológicos o que existan jóvenes universitarios que nunca hayan escuchado hablar de una escritora tan eminente como Dulce María Loynaz.

Ampliar el acervo cultural de las nuevas generaciones depende en gran medida de la prioridad que le demos al hábito de la lectura desde el hogar y la escuela. Estudios independientes, comentarios, dinámicas y recomendaciones sobre libros leídos pueden despertar en muchos el interés dormido.

Recuerdo que mamá tenía un librero en el que me sumergí apenas supe leer; a ella le debo esa pasión por la lectura y a un tío que me ayudó a reconocer en Corazón, El Principito y El primer maestro, este último de Chinguiz Aitmátov, genuinos caudales.

Gracias a ellos descubro cada día un libro nuevo que quisiera leer hasta que la cotidianidad vuelve a robarme las horas. Busco de todos modos un pequeño espacio y cuando se me agota el tiempo sueño con ser una niña otra vez y jugar a leerme todos los libros que encuentro.

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