“White no toca, subyuga…” (+audio)

“Aquel violín se queja, se entusiasma, regaña, llora, con qué lamentos gime, con qué dolor tan hondo se desespera y estremece. Horas inolvidables y brevísimas son las horas que se pasan a su lado, se halla el alma a sí misma, con verse allí tan bella se perdona su miseria y estrechez. Cuanto quepa de alabanza, White lo merece. Cuanto de arte quepa, White lo tiene…” 

José Martí

José Silvestre de los Dolores White Laffite nace en Matanzas el 17 de enero de 1836. Hijo de un culto comerciante francés y una cubana de raza negra. Sin tener ninguna noción técnica de la música, mostró deseos de usar el violín desde los cuatro años de edad. A los ocho, ya estudiaba los elementos del arte musical y a los quince fue capaz de componer su primera obra: Misa para dos voces y orquesta. A los 18 años ganó el Primer Gran Premio en el Conservatorio de París -donde estudiaba y en el que posteriormente fungiría como profesor.

Cuatro años después compondría la pieza que lo identificaría universalmente: La bella cubana, considerada uno de los baluartes musicales identificativos de nuestra patria.

Agasajado y condecorado por emperadores, reyes y presidentes, y aclamado por los más exigentes públicos, el gran violinista regresó por segunda y última vez a su querida Isla en el año 1875 (ya la había visitado en 1858, ocasión en que ofreció conciertos en La Habana, Santiago de Cuba y en su natal Matanzas), pero a sugerencias de las autoridades españolas tuvo que marcharse, por supuestas relaciones con personas desafectas al régimen colonial.

Su regio arte fue admirado en España, Inglaterra, Venezuela, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil -país donde permaneció varios años-, Estados Unidos (Nueva York, Filadelfia y Boston) y México. Fundador de la violinística cubana, creador e intérprete de magníficas obras de concierto y, además, eminente profesor.

Su arte fue reconocido por José Martí, quien le dedicó al músico tres artículos aparecidos en la Revista Universal, de México.

Considerado uno de los violinistas más famosos de su siglo, era realmente asombroso e insuperable por su técnica, buen gusto, afinación, elegancia y sentido interpretativo.

Su espléndido talento creador quedó patentizado para siempre en sus diversas obras, entre ellas, las de piano, para clavicordio y orquesta, y para cuarteto de cuerdas. Su fama como compositor se asienta principalmente en el excelente Concierto para violín y orquesta y en la siempre popular La Bella Cubana, para violín y piano, transcrita posteriormente para voz y piano.

En París, el 15 de marzo de 1918, a la edad de 82 años, falleció el sapientísimo maestro de maestros.

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