El Guiteras que conocí

Conocí a Antonio Guiteras Holmes hace 23 años tras un sorbo de humeante café en el patio de Librada. No sabía leer, apenas podía hablar correctamente, pero escuchar a la vieja Cira, como cariñosamente le decíamos, se convertía en una especie de tertulia sagrada entre las salvias y los aguacates.

Sí, entonces conocí de una historia que por los años de los años me repitió, quizás porque no quería dejarla en el olvido o tal vez porque a cierta edad uno reitera los sucesos más importantes.

En ese momento no sabía quién fue el de la Joven Cuba, el que nacionalizó servicios y soñó en grande. Guiteras, el que asesinaron en el  Morrillo de Matanzas junto a Carlos Aponte.

Contaba Cira que ella fue la única hija negra de un gallego que se enamoró de una mulata de Limonar. Su padre la adoraba y ella devolvió ese afecto que no entiende de colores ni normas sociales.

Por eso no le extrañó cuando después del Triunfo de la Revolución tocaron su puerta. Recordaba que eran hombres altos y fuertes y que le preguntaron su nombre. Ella respondió y para mayor certeza enseñó la herida que siempre afeó su mano.

El padre de Cira, que simpatizaba con los revolucionarios, después de la muerte de Antonio Guiteras Holmes sustrajo sus restos del cementerio y los protegió en una de sus  casas en La Habana.

Su padre dijo que los tenía, pero solo los iba a entregar en presencia de su hija negra. Cira me relató de la ceremonia, de cómo el viejo señaló a la pared y Holmes apareció.

Entonces cuando estudié la Historia de Cuba y me hablaron del héroe, político, revolucionario y antimperialista, le sonreí a la maestra y le conté la historia del Guiteras que conocí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *