Cafetería Libertad: ¿helado o durofrío?

Desde su oficial inauguración el pasado 12 de octubre de 2019, la cafetería Libertad, en pleno centro de la ciudad de Matanzas, no ha podido todavía lograr una relación calidad-precio que convenza.

Pareciera ser la inconsistencia signo típico de un establecimiento al que en el último lustro le han cambiado varias veces su objeto social, inversión de por medio, como si un país como Cuba tan financieramente afectado pudiera darse el lujo de dilapidar su economía.

Al menos en los últimos tres años, sin apenas consolidarse como oferta, hubo un restaurante, un intento de cabaré en las noches y una cafetería especializada en sandwiches. Nada logró perpetuarse en el tiempo, nada logró consolidarse.

Fue el año precedente, cuando apenas el último diseño de oferta sobrepasaba los seis meses, que llegó el nuevo cambio. “Trasladaremos a la cafetería Libertad la confitera de la calle Ayuntamiento”, me había adelantado un directivo del Grupo provincial de Comercio y Gastronomía.

La mudanza implicó una profunda transformación de local que acogería al establecimiento especializado en venta de helados y nadie podría negar la belleza y confort con las que quedó la unidad. Eso es un hecho indiscutible.

Sin embargo, un servicio, para que tenga alma, necesita no solo de la entrega y profesionalidad de sus trabajadores y directivos, que allí las hay. Un servicio, para que funcione, depende de la calidad mantenida de sus ofertas.

En el caso de la cafetería Libertad, no ha podido aún distinguirse por la calidad del helado ofertado. Como regla, este demandado alimento tiene pedacitos de hielo, que llega una a dudar si está en presencia de ese producto o de un durofrío.

Escribo estas líneas luego de haberme acercado varias veces a trabajadores y directores de la entidad, quienes siempre han referido no ser responsable de la mala calidad de un helado fabricado en el Lácteo del municipio de Cárdenas.

Hace muy pocos días pude transmitirles mi preocupación a los responsables de elaborar este producto y afirmaron no ser tampoco los responsables. ¿Entonces, de quién es la culpa? ¿Del vendedor o del fabricante?

No podría obviarse que la calidad involucra a todos los actores actuantes en su proceso. El productor no termina cuando coloca su elaboración en manos del comercializador o el expendedor. Saber de la suerte que corre lo salido de sus instalaciones, es deber irrenunciable.

Lo mismo debe corresponder a la entidad que vende. Si el producto no tiene calidad, no debe ser recibido, mucho menos vendido. Máxime si no se corresponde con el precio de lo brindado.

Porque, a fin de cuentas, termina el cliente timado si se vende algo que por lo general no satisface sus expectativas. Acercar las brechas entre calidad y precio sigue siendo una deuda en no pocos sitios de prestación de servicios.

No dejar que la calidad se enfríe, se congele y termine derretida es responsabilidad tanto de la cafetería Libertad como del Lácteo de Cárdenas. A ambas partes debe corresponder resolver un asunto que está en sus manos.

Sería muy inteligente solucionarlo por el bien de los habitantes de una provincia que ha visto con muy buenos ojos la reapertura de la cafetería Libertad, sitio donde la mejor oferta, según mi experiencia, es el trato de sus trabajadores.

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