Cárdenas, Jovellanos y mi abuela

Tranvía del barrio de Pueblo Nuevo, del que Sáez es una de sus calles.

Cárdenas estuvo siempre entre las ciudades más desarrolladas de Cuba. Centro de la industria azucarera cubana durante dos siglos y donde se inaugura el primer servicio público de alumbrado eléctrico del país en septiembre de 1889, entre otras cien primicias, sus hijos se vanaglorian de haber nacido en la ciudad donde el 19 de mayo de 1850 se izó por primera vez en la Isla la enseña nacional.

Con todos esos orgullos, en el verano de 1913 nació en esa urbe mi abuela, la tercera y más pequeña hija del matrimonio de una cubana y un asturiano. Obligada a trasladarse con sus hermanos al lugar de origen de su madre, por la separación de sus padres, no asumió nunca a la cosmopolita Cárdenas como su tierra natal, sino al humilde Jovellanos de principios del siglo XX, tierra que la vio crecer, casarse y procrear.

No sé cómo sería la casa donde descubrió el mundo en Cárdenas, pero estaba situada en la populosa calle Sáez, una avenida de doble vía, que aún hoy conserva un trasiego considerable.

Pero ella añoraba con mucho amor la fresca quinta de madera adonde fue a residir -preciosa en mi memoria- con la familia materna. Situada un poco más allá de la línea del ferrocarril que pasaba por detrás de la antigua fábrica Gravi, tenía un patio con árboles frutales que era un verdadero paraíso. El tiempo, inexorable, se llevó todo aquello y lo único que dejó fueron los recuerdos.

Los personajes de sus cuentos –parlanchina y con una bis cómica envidiable-, siempre fueron de Jovellanos: los zapatos de Feíta; Loreto, la que revivió; el farmacéutico y el OK Gómez Plata…, en fin, toda una estampa del centro de la provincia de principios de siglo. Puedo “recitarlos” de memoria.

Nunca le pregunté cómo la familia se trasladó a Matanzas y a La Habana. ¡Se me quedaron tantas cosas por saber y muchas más por decirle!

La primera vez después de graduada que tuve que ir a trabajar a Jovellanos, a su hospital, fue ella quien me dijo que estaba en la calle Alcalá y me explicó cómo llegar allí.

Sin embargo, nadie puede renunciar a su origen. Por eso conocí Cárdenas desde muy temprana edad y los lugares que ella recordaba con más vehemencia: su museo y la, otrora famosa, plaza del mercado. No hubo un fin de año en que no nos trasladáramos a su plaza del mercado a adquirir la comida, los dulces y los víveres de Navidad. Fue allí donde me compraron mi primera muñequita de trapo, que tenía, curiosamente, la carita de loza.

Mi abuela no negaba ser de Cárdenas, en el fondo se sentía orgullosa de tener sus raíces en tan ilustre lugar. Pero era tan leal, tenía un sentido de lealtad tan ascendrado, que no quería ni por nada del mundo que su Jovellanos querido quedara disminuido ante la opulenta Cárdenas.

Había heredado el físico y el carácter de su padre y enarbolaba, no sin cierto rango, su apellido asturiano poco común: Ferrándiz, que la mayoría de las descendientes hembras dejaron perder y que hoy solo se conserva en dos hombres de la familia. Nos pasamos la vida rectificando ese apellido, porque en documentos, legajos, remitidos, historias clínicas y todo en lo que hubiera que poner su nombre lo cambiaban por el más común Fernández.

Este mes serán 23 los años en que se despidió repentinamente, sin darnos trabajo. Nos ahorró el dolor de verla encamada, inútil y en seis días después de un infarto cerebral –igual que su madre-, nos dejó un vacío que aún busco llenar.

Después de su partida la nostalgia me llevó a Cárdenas para tratar de saber algo más de ella. Nunca recordó en qué calle había vivido, ¡tan pequeña se fue para su Jovellanos! Gracias a la amabilidad del Registro Civil cardenense pude levantar el árbol genealógico de esa parte de mi familia y me ocurrió una cosa curiosa que a ella le habría provocado mucha risa.

Mi bisabuelo era un marinero cardenense -¡válgame Dios!- y el hogar de los Ferrándiz Vera quedaba en una de las tres avenidas más anchas de la ciudad, como ya mencioné, en la transitada Sáez. Ella había nacido el 25 de agosto de 1913, fecha en que siempre celebramos sus cumpleaños, pero en su inscripción de nacimiento rezaba 24 de septiembre de 1913, cuando la inscribieron.

La calle Sáez en 1950.

Se pasó la vida protestando porque su carné de identidad decía que sus nombres eran María Emilia, pero ella aseguraba que se llamaba Blanca María Emilia. No tuve más que reírme cuando descubrí el origen de la confusión. En las notas marginales de uno de los tomos de nacimientos de 1913 en Cárdenas se leía Blanca, por el color de su tez, y a continuación, después del margen, María Emilia, hija de Don Ángel Ferrándiz y Doña Ramona Ciriaca Vera y Piloto.

En alguna ocasión el funcionario público que emitió su inscripción de nacimiento incluyó por error Blanca en el nombre. Y desde entonces ella misma se adjudicó los tres apelativos.¡Eso le hubiera resultado muy simpático!

Mi madre nació en Jovellanos, pero ya ella se había asentado en Matanzas cuando mi hermana y yo vinimos al mundo. Si alguna vez por mortificarla le decía: ¡Jovellanos, pueblo oscuro!, entonces se acordaba de que era hija de asturiano y arremetía con una jerga ininteligible contra mí.

Amo mucho a mi ciudad, está dentro de mí. Ella me enseñó a querer la tierra donde despiertas a la vida. Me llevó a sus mejores lugares: el mar; la Ermita de Monserrate, donde tengo una foto en sus brazos con apenas dos años de edad; la preciosa botica de Triolet, con sus largas batas blancas, su corbata y sus espejuelitos redondos; el Parque de la Libertad; los alrededores de Sauto y los cercanos Bomberos; y las calles matanceras, famosas por su trazado: la oscura y silenciosa Río; la engalanada Medio, llena de vitrinas iluminadas; Milanés, por donde vaga el espíritu del poeta; Contreras y la apacible Manzano.

Muchas veces, menos de las que quisiera, me parece verla sonriente pasar en un tranvía camino a la eternidad. Y, claro, es cierto, cuando creces repites en tu vida lo que siempre viste hacer, no como erróneamente se cree, lo que te dicen. Fue de ella de quien aprendí a ser la abuela que hoy soy.

Y aunque soy matancera “de pura cepa”, bendigo a Cárdenas y a Jovellanos, las tierras que dieron vida a un ser tan especial.

El parque cardenense de Espriú en 1951.

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