Viejos míos

Los ancianos son la población de mayor riesgo a la COVID-19. Foto: Vatican News

Desde que el nuevo coronavirus se extendió por el mundo y llegó a Cuba ha estado presente en todos el miedo a que nuestros abuelos se contagien, o bien un padre, o bien un tío o cualquier persona cercana que sea de la tercera edad. Entonces hubo que adoptar medidas, concientizarlos de que no podían salir a la calle y cuidarlos más a ellos que a nosotros mismos porque, aunque son los más ancianos, tienen tanto derecho a ser protegidos y a seguir sanos como el resto de nosotros.

Con esa perspectiva, desde diferentes partes del país, nació este compendio de cinco minicrónicas, dedicadas a las almas más nobles de nuestras casas: los ancianos.

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“Mi abuela me trajo al mundo”

Si fuera hace un tiempo atrás, dijera que nunca había visto a mi abuela tan inerte. Ya tiene 73 años y con el cambio de estaciones viene la nostalgia. Por momentos quisiera ponerme en el lugar de ella y sentir lo que siente y pensar igual; en cambio, elijo juzgarla por pasarse todo el día sentada en un butacón. Creo que extraña.

Mi abuela disfrutaba vivir y corretear por los pasillos del hospital. La doctora Mercedes, mi abuela, me trajo al mundo. Vio mi rostro antes que mi madre, también fue quien ayudó a nacer a los 60 invitados de mi primer cumpleaños y que no reconozco en las fotos. Dice Mami –como le digo– que ginecobstetricia es la más difícil de las especialidades, porque es en la única que tratas con la vida de dos personas a la vez.

Antes del confinamiento la exhortamos a que saliera o probara cosas nuevas. Aunque tiene que quedarse en casa, ahora dedica su tiempo a ver las teleclases con mi hermana y le enseña algunas manualidades de corte y costura. Entonces la veo ahí, suturando sobre la tela, y recuerdo hace un par de años, cuando me describía los procederes de cirugía. Con agudeza movía sus dedos y mencionaba cada paso como si lo viviera en el instante. Me detengo y sospechando la respuesta, le pregunto:

̶ ¿Qué te motiva en la vida?

Ella, sin vacilar, responde:

̶ Yo solo tengo un súperpoder: la ginecobstetricia.

La abuela de Rita Karo es una ginecobstreta retirada. Foto: Cortesía de la autora.

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“Mi enfermera”

El día antes de su cumpleaños 68 no pudimos abrazarnos. Habitual era que, después de una semana sin vernos, ella pegara su mejilla sobre el pecho del nieto, porque justo ahí le llega su estatura de abuela pequeña. Pero hemos tenido que aprender el odioso saludo de los codos y los puños. “De lejitos”, me dice y le debe desordenar el alma no besar, no tocar, no abrazar.

La abuela de Andy Jorge Blanco usa el nasobuco todo el tiempo.

Foto: Cortesía del autor.

Anda todo el día con el nasobuco a cuestas. Tanto así que cuando sopló las velitas el domingo 5 de abril aún lo llevaba al cuello. Unta cloro a quien traspase la puerta de la casa. La abuela enfermera del barrio apenas asoma los ojos a la acera. Llega con una agenda y me pide que llamemos por teléfono a los vecinos: “para saber cómo están, el presidente pidió la ayuda de los jóvenes”. Y hasta se disfraza para celebrarme el cumpleaños, dos semanas después del suyo.

–¿Por qué te dio por eso, abuela?
Tú dijiste que cuando todo pasara la gente se iba a disfrazar de coronavirus en las fiestas. Pues yo saqué mi uniforme de enfermera –dice y echa las mazorcas de maíz a la cazuela para el guiso de esta tarde.

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“Los zafiros y el café”

— Abuelo, quiero ir al río.
— Hoy no, mi niña. Está crecido.
— ¿Y por qué, si no llovió?
— Porque en la montaña sí llovió y el agua revuelta se escurre hasta acá. Mejor ven, que te enseño una canción…
El tenor de Los Zafiros vuelve a la carga. He venido a decirte…Taza de café en mano, aspirando hasta llenarse los pulmones con el aroma de la infusión, la nieta recuerda los días infantiles en que salir de vacaciones era un retiro a la casa de los abuelos, en un pueblo lejos de la ciudad.

Cantar las canciones preferidas de su abuelo es una de las alegrías mayores de Lilian Sarmiento. Foto: Cortesía de la autora.

En aquellos días el ritual de la abuela era escoger las semillas, preparar la leña en el patio, y pañuelo en la cabeza, tostar el café. Desde el columpio de la mata de mangos se estaba muy cerca del humo y el olor penetrante del grano tostado se impregnaba en la ropa. Luego, el molinillo. Y allá iba la nieta, feliz de aprender cómo se hace el café en casa, hasta la caseta de trabajo del abuelo, donde por fin veía el polvo negro saliendo de la maquinita de hierro. En puntillas, con las manos al borde de la mesa, escuchaba cantar a su abuelo mientras caía la lluvia de café: Por tu amor soy capaz…
Ya la abuela no tuesta café y hace mucho que el baño en el río dejó de estar en el itinerario de viaje. Antes de que salir de casa fuera una medida de protección, ya las visitas se habían espaciado y los abuelos desistieron de mudarse a la ciudad. Ahora, con el último sorbo de café quemándole la garganta, la nieta canta: Por tu amor soy capaz de dar mi vida enteraY piensa que a los abuelos les queda poca vida porque ya se la han dado toda.

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“Casa vieja”

Siempre pensé que mi casa era el lugar más seguro del mundo, que podría guardarme dentro de estas paredes. Que aquí estaba mi familia y el abrazo que supone tenerlos cerca. Hoy he visto a abuela llorar. Estaba viendo el noticiero. En mi casa nunca se ve el noticiero, pero hace días que lo tengo como zumbido en los oídos. Es sábado, el tiempo va con una lentitud arrolladora. Pensé que sería más fácil, que si le ponía un poco de humor al asunto, todo sería más fácil. Pero tengo miedo, cada día tengo un poco más de miedo y lo de dibujar sonrisas se hace más complicado.

Hoy he visto a abuela llorar. Estaba viendo el noticiero. Miraba a los muertos en las calles de Ecuador. En otras circunstancias estaría abrumada por mis propios problemas, pero no puedo dejar de pensar ellos, en la tos, en la ansiedad, en el cuerpo temblando, en los miedos. No puedo dejar de pensar.

La sonrisa de la abuela es la mayor inspiración de Dayana Darias. Foto: Cortesía de la autora.

Es sábado en la noche. He visto a abuela llorar. De nuevo el noticiero. De nuevo los muertos en las calles de Ecuador. Miraba a mi madre mordiendo sus uñas a un extremo de la sala. Ha muerto otro.

Lo de las manualidades ya no me tranquiliza. Cada día es más difícil que el anterior, también le temo a WhatsApp. La misma pregunta una y otra vez y yo preguntándome si todos mienten, si ellos tampoco están bien. Si sonríen…

Es sábado. He visto a abuela llorar: el noticiero, Ecuador, mi madre… He sido capaz de contener la respiración y me he atrevido a pensar. Ahora mismo mi casa no parece el lugar más seguro del mundo. Tengo miedo incluso de seguir aquí dentro.

Es domingo. Hoy he visto a abuela llorar.

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“Dile -a la muerte- que no me mate”

Mucho antes de estar aquí, sonriéndole a su bisnieto venezolano que — videollamada mediante — le dice “belo” por la pantalla del celular, el Gallego “Veinte Tiros” se ganaba su mote en los “juegos de bola” de la infancia.

Después de aquellos tiempos de bolas y de motes pasaron muchas cosas. Pasó el silente escopetazo. Pasó mi abuela que lo esperaba hasta las tantas. El viaje a la Catedral de Compostela. El viaje al “Norte”, por invitación de la cuñada. Pasó el florecer y el marchitar, y el florecer de una familia que se expande y se contrae. Se diluye y se recuerda.

Pasó, además, aquel mulato cantarín de la Guinea, un tal Bartolomé, a quien conoció personalmente porque, desde siempre, en Santa Isabel de las Lajas —“pueblo chiquito, infierno grande”— todos los contemporáneos se conocen.
Pero eso fue antes, mucho antes, de estar aquí. Antes de estar aquí, en el sofá, saludando a su bisnieto. Antes de decirme, minutos después, con una —fingida— tristeza fingida, que “la vida es injusta”:
_ ¿Por qué, Gallego?
_ Porque uno se muere.
_ Pero Gallego, ¡¿si ya tú tienes ochenta años?!
_ Por eso mismo: la vida debería premiar con más años a los que cumplen tantos años.

El Gallego, abuelo de Miguel Ángel, se siente con muchos deseos de vivir. Foto: Cortesía del autor.


(Por: Andy Jorge Blanco*, Rita Karo, Lilian Sarmiento Álvarez / Holguín, Dayana Darias, Miguel Angel Castiñeira García/ Tomado de Medium.com/ Cubadebate)

*Cárdenas, 1996. Estudiante de Periodismo en la Universidad de La Habana.

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