El milagro de la vida (+audio)

Katia tiene 32 años. De ellos ha pasado seis junto a Ernesto. Desde el primer momento compartieron sueños, hicieron planes juntos, se entregaron uno al otro con pasión, amor y respeto. Todos alrededor celebraban a la pareja; su relación, decían, era casi perfecta… Solo les faltaba algo…

Hace poco más de tres años Katia y Ernesto decidieron tener un bebé. Ya tenían su propio hogar con lo necesario para vivir felices los tres. Pero los días, las semanas, los meses se precipitaban y con el paso del tiempo crecieron las frustraciones, las tristezas, la desilusión.

Poco a poco las alegrías se transformaron en silencios y llantos ahogados en la inmensidad de las noches. La casa parecía habitada por fantasmas. No supieron cómo lidiar con el dolor de aquella soledad tan desconocida y desgarradora que los consumía.

Después de 18 meses casi desistieron. El milagro de una nueva vida les fue negado a quienes con tanta devoción esperaron la llegada de su tesoro más grande, un hijo. Entonces no eran más que dos extraños que veían resignados cómo se escabullían los días sin esperanzas, sin sueños.

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En el medio de una habitación que les pareció inmensa los esperaba una doctora. Observaban cada detalle como si los acecharan. Se sentían abrumados, pequeñitos en medio de un sitio que de pronto había aumentado de tamaño. La pena los consumía. Tantos desengaños se les habían acumulado, que confiar era ya un lujo para ellos.

Llegaron allí por una recomendación de una amiga. No estaban muy convencidos de qué era lo que hacían en aquel sitio. El miedo a la decepción, a ser juzgados, a que no los comprendieran pesaba sobre sus conciencias. Pero esta sería la última oportunidad.

Tomados de las manos se sentaron muy pegados como buscando en el otro el valor que les faltaba. Solo lograron relajarse cuando observaron los ojos diáfanos de una mujer que les sonreía y, sin saber por qué, supieron que podían confiar.

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Han pasado varios meses desde que Katia y Ernesto asistieron por primera vez a la consulta de infertilidad. Tras cada sesión con los especialistas se sienten más seguros.

Allí expresan abiertamente sus preocupaciones, se sienten con la libertad necesaria para expresarse y son escuchados, se examinan con regularidad y reciben los tratamientos pertinentes. Un equipo de profesionales les orienta, les informa, se preocupa por la pareja como si en ello se les fuera la vida.

Han aprendido a sortear juntos situaciones complejas, a apoyarse y redescubrieron aquel sentimiento que había quedado casi mudo, mientras el mundo se desplomaba sobre sus cabezas.

La confianza en cumplir su sueño comenzó a dibujarle una sonrisa en sus caras, luego de muchos meses y tantos avatares. La esperanza ha vuelto. Katia comenzó a verse más hermosa, su rostro lozano y radiante dejaba ver que pronto una sorpresa alegraría sus vidas.

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Las últimas 39 semanas han sido de júbilo para Katia y Ernesto. Se acerca el momento que tanto anhelaron. Acostada en la cama del hospital donde fue internada para evitar cualquier contratiempo, Katia siente cómo las contracciones le endurecen vientre. Se hacen más frecuentes, pero el dolor se transforma en emociones.

No siente miedo sino un valor que desconocía suyo. Llora, se estremece, pero ha esperado tanto que esas lágrimas tienen sabor a fortaleza, a sueño cumplido, al mayor de los gozos.

Ambos padres están ansiosos por tener a su bebé en los brazos. Después de casi una hora de trabajo de parto comienza a sentirse ligera, se sabe la mujer más dichosa del mundo. En medio del silencio que hasta ahora reinó en su mente, escucha el sonido más hermoso que oyó jamás.

No todos los caminos conducen a Roma. A veces algunos de ellos alcanzan la felicidad. Esa alegría para Katia y Ernesto desde hoy se llama Victoria.

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