El susto

El susto comenzó en casa de una amiga al recibir la llamada de mi madre anunciando que mi hermano era contacto de un enfermo de covid-19. En ese momento pensé en mi irresponsabilidad, en lo mucho que me había relajado después de ver el descenso constante del número de casos, cómo había dejado de desinfectar mis manos cada una hora, cómo leía las noticias con un positivismo absoluto impropio de mí.

Así empezaron las dudas, y el miedo, pues cuando tienes una abuela con probable cáncer de pulmón y una madre hipertensa no te importa el hecho de contagiarte, sino el de ser la causante de haber enfermado a seres queridos. A las 10:00 de la noche se llevaron a mi hermano en una guagua con 20 niños más, cinco maestros, un médico y los 20 responsables de cada pequeño, entre ellos mi padrastro.

Mi casa se quedó vacía, con un silencio ensordecedor, que nos ponía aún más nerviosas a mi madre y a mí. Las horas pasaban lento, agonizantes. Faltaba algo. Faltaba la bulla de la televisión con muñequitos en la sala, faltaba escuchar el ruido de los cubiertos cuando chocaban con la superficie de los platos al compás de la Mesa Redonda, faltaban los pasos en la escalera y una voz gritando; -Dejen el entra y sale que estoy limpiando, faltaba la sonrisa de mi mamá, faltaba la alegría.

A las 9:00 de la mañana sonó el teléfono: -Estamos bien, no se preocupen. Y por más que escuchábamos esta frase queríamos saber detalles. Maldita la hora en que se nos ocurrió preguntar. -Estamos en el campo, en un albergue que por lo que parece no se utiliza hace años. El baño está, ya sabes. No hay camas suficientes, así que a los acompañantes les toca dormir en una silla, despertamos desde las 8:00, son las 10 y aún no tenemos desayuno. En fin, seguimos en combate.

Pero qué hacer en una situación así, cuando no puedes acercarte a tus familiares para alimentarlos o darles una cama, cuando no sabes si se pudieron bañar esa noche, si pasaron calor, si los picaron los mosquitos…, pues esperar. La espera pasiva se hacía más larga y mi madre para calmar la ansiedad preparaba mochilas llenas de comida para mandar hacia el centro de aislamiento. Pasaban los días y todavía nada. Las conversaciones por teléfono se hacían más simples.

-Mami esto es un campismo- decía mi hermano de once años, que niño al fin disfrutaba de la experiencia con sus compañeros del aula y veía el lado positivo de las cosas. Yo, por otro lado, estaba extremadamente disgustada.¿Cómo los mandan a un albergue sin condiciones, sin preparación de ningún tipo? ¿Por qué se demoran con las comidas, acaso no ven que son niños? Eran las frases que más se repetían en mi casa.

Contarlo no me ayudaba mucho. Y sí, hubo quien se expresó con amor. No faltó quien me llamó a casa para preguntarme sobre la situación, estuvo quien me ofreció recargarme el teléfono para mantenernos en contacto y también quien mientras caminaba en las calles pensativa puso su mano en mi hombro y me invitó a conversar. Quizás para muchos no tenía relevancia, pero agradecidos mi familia y yo a todos esos preocupados, a todos esos solidarios. AL igual hubo quien se expresó con odio: -Por eso estamos como estamos-, era la opinión que resumía todo lo que me decían algunos, por supuesto, indiferentes al asunto y con otras intenciones.

Y cuando lo pensaba con claridad…, estamos como estamos porque vivimos en un país pobre, subdesarrollado y sin recursos donde se trata de distribuir lo poco que hay de igual manera, sin tener en cuenta la individualidad de cada ser. Pero, quién paga esa comida, en qué lugar del planeta desarrollan gestiones tan bellas como esta. No es que vayan al centro por aburrimiento o por voluntad, van por necesidad.

Debatíamos un buen amigo y yo una de esas tardes solitarias en mi casa. Entonces me acordaba del Che cuando decía que la Revolución se hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario. ¿Acaso estamos equivocándonos a nivel educacional? ¿Dónde están los espíritus combativos?

En eso sonó el teléfono: -Mami, dimos negativo, mañana regresamos a la casa.

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