El viejo del saco

Él no tenía nombre. Siempre lo veía tirado en la misma esquina de la calle San Fernando. Su cuerpo se cubría con un sobretodo verde permeable que le protegía del sereno de la noche, de la lluvia fría y el candente sol.

La basura que recogía día a día ensuciaba su pantalón de mezclilla viejo y lleno de agujeros. Pantalón que combinaba a la perfección con un saco enorme que llevaba a cuestas lleno de cosas que hasta el sol de hoy me pregunto curiosa qué podrían ser.

Las arrugas de su rostro descubrían a un hombre de ocho décadas de edad. Nunca pude distinguir si su negritud se debía a la oscuridad de su piel o a la suciedad que la cubría. Una barba larga y blanca, que llegaba hasta su pecho, acariciaba su barbilla ancha.

Sus manos llenas de llagas y callos indicaban que en algún momento aquel viejo indigente había sido un hombre trabajador. En su dedo anular de la mano derecha, lucía receloso su único objeto de valor, un anillo dorado. No era difícil deducir que se trataba de una alianza matrimonial. Estaba casado.

Nunca faltó el niño que intentó acercarse. Y es que en la infancia carecemos de prejuicios y lo diferente nos parece encantador. Aquello que tanto temían los adultos era lo que nos interesaba, en este caso un señor que se veía desfavorecido por la vida. Sin embargo, cuando eres así de pequeño todos te consideran indefenso.

La única forma de ayuda que ingeniamos en aquel entonces era darle parte del dinero de nuestra merienda sin que los adultos supieran. Pero como cosa de muchachos al fin, fuimos descubiertos. Nunca olvidaré la cara de aquella maestra sin alma que nos asustó con el cuento de que nos iba a raptar. En la mente de los adultos a veces los prejuicios hablan más fuerte que los sentimientos y como aquel señor vivía en la calle, suponía un peligro para todos. Dice la psicología que dirigimos nuestra conciencia por los criterios estéticos que se nos inculcan. Aparentemente, los pensamientos que regían la mente de nuestros padres y de aquella profesora, no coincidían con los nuestros. Pues nunca nos dejaron acercarnos más a ese pobre hombre.

Hace unos años, bajo la lluvia, encontraron su cadáver en el río. Todos sabían quién era, aunque fingían no verlo en la calle como proclamación de desprecio y asco, en los pueblos todos se conocen. Enseguida se corrió la voz de la muerte, no por el significado de la pérdida en sí, sino porque entre sus cosas se encontró una foto vieja y sucia de una mujer desconocida.

Supieron, mucho después, que era su esposa y que al contrario de lo que muchos creían, en la demencia de aquel hombre existía una verdad. Su mujer era real. Vivía al otro lado del país. Muchos la vimos cuando, tras recibir la terrible noticia, llegó al pueblo a recoger el cuerpo de su amado.

Entre tantos curiosos, se dejó escuchar el por qué viajar por alguien que evidentemente la había dejado olvidada. Ella hizo una pausa y con los ojos llorosos contestó «Fueron 20 años de pensar que me había abandonado sin dinero y con tres hijos. Él salió hacia el lado bueno del país en busca de una vida mejor, pero nunca regresó, ni llamó. Supongo que ahora entenderán por qué.»

A mí siempre me gustó creer que el hombre del saco no tuvo la suerte de su lado y terminó de alguna manera perdiéndolo todo, incluso la razón, sin poder siquiera comprar el boleto de regreso.

2 comentarios

  • El síndrome de Diógenes se integra por los datos expuestos en la narración personal. Me hubiera gustado la denominación de ANCIANO para este ser deambulante.
    La vida me ha proporcionado ocasiones de ver situaciones extremas con personas como estas y dos mujeres que llegaron al suicidio en plazas públicas.

  • Richard

    Es increible como rara vez conocernos toda la verdad que se esconde tras lo que podemos apreciar …. la gente todo el tiempo atraviesa situaciones inimaginables .. precisamente por eso debemos ser muy cuidadosos a la hora de atrevernos a jusgar mal las acciones, decisiones o comportamiento de alguien. Seamos mas compasivos y comprensivos

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